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Apellido, piel y plato

14 de septiembre de 2026 - 12:00 a. m.

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Esta semana surgió un fuerte debate debido a una desafortunada oración que, una vez más, tensó el ambiente ya enrarecido por los vaivenes del péndulo político.

La frase sugería que utilizar el término «campesino» era despectivo. El vocablo «campesino» nos llena de orgullo y, obviamente, muchos salieron en su defensa. En dicha defensa –justificada, debo decir–, se hizo memoria de los grandes beneficios que el campo aporta a la ciudad y al país en general, pero también se desdeñó al europeo, su influencia y su presencia. Vi cómo se marcó con profundo desprecio, la diferencia de estratos y la distancia, más que evidente, entre el campo y la ciudad.

Pero cuando veo mi plato, mi piel y mi apellido, encuentro algo que debería generar un cambio en la manera de asumir el debate frente a los ataques que llegan desde todos los frentes contra nuestra cultura, nuestras raíces y nuestras costumbres.

En los almuerzos que se sirven en la mesa colombiana encontramos arroz, papa, pollo, cerdo, granos y un gran número de alimentos que echaron raíces en nuestra gastronomía, transformándose en ajiacos, sancochos y bandejas que deleitan nuestro paladar. El café, orgullo y eje económico de nuestra tierra, así como el trigo que alimenta las panaderías, tiene su origen en distintas regiones del mundo, entre ellas Europa, África y Asia.

Mi piel me permite ver, sin necesidad de un test de ADN, la mezcla de la que provengo. Sé que por mis venas corre la maravillosa mezcla de herencias afro, indígena y europea. Mi cabello negro y mis ojos color café oscuro son parte de mis rasgos heredados de nuestros pueblos originarios; la piel morena que me cubre habla también de mi herencia africana, y el apellido que heredó mi familia no es de estas tierras: como la mayoría de los colombianos, llevo un apellido de origen europeo.

Entonces, soy afro, soy campesino e indígena. Soy un poco europeo y otro poco latino. Por nuestras venas corre la herencia de un mundo entero, y eso debe ser motivo de orgullo.

No se trata de desconocer la sangre que corrió; se trata de llevar con orgullo y dignidad la historia que viaja de generación en generación.

La historia debe estudiarse sin odio y con objetividad, para vivir un presente construido desde el amor y el respeto por el otro. Así se hace la paz.

Richard Aponte

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