No creo en las elecciones. Y no porque cuestione sus buenas intenciones –pensar que cada persona puede influir en las decisiones que afectan el rumbo de su vida–, sino porque la realidad humana y del país las desborda. ¿Cómo creer en ellas cuando nuestro cerebro es más influenciable de lo que nos gusta admitir? ¿Cómo creer en ellas cuando en una ciudad dos personas a pocas cuadras imaginan y viven en mundos paralelos? ¿Cómo creer en ellas cuando los resultados en pruebas de conocimientos básicos señalan que en promedio salimos de la escuela con habilidades mediocres para resolver problemas matemáticos y comprender lecturas sencillas? ¿Cómo creer en ellas cuando las tendencias políticas llevan nombres propios? ¿Cómo creer en ellas cuando votamos más con los intestinos que con la cabeza? ¿Cómo creer en ellas cuando se vuelve en una confrontación de santos y pecadores? ¿Cómo creer en ellas cuando aún hoy teniendo los conocimientos y medios técnicos la gente sigue muriendo y votando de hambre?
No creo en las elecciones especialmente cuando ellas usurpan los nombres de la Política y la Democracia. Porque la Política de forma general y mal definida trata sobre organizar y administrar los bienes públicos, aquellos que no pertenecen a nadie, pero son responsabilidad de todos. Y porque la Democracia, también definida a las carreras, es el proyecto político que reconoce que toda persona puede y debería participar desde sus saberes en las decisiones que afectan su vida, y por lo tanto las elecciones, no son más que un momento puntual de un proceso mucho más amplio, pero que se roba el protagonismo.
Entonces no creo en las elecciones, porque sé que la Historia es más larga que un periodo presidencial. Pero mientras se sigue trabajando, pensando, imaginando y probando otras formas de organizarnos, las elecciones se vuelven el campo de juego que nos puede permitir ganar o perder tiempo, por lo que votar pasa de ser un derecho a un deber. Y en el último tiempo son pocas las opciones que hablan sobre sostener y cuidar la trama de la vida en la tierra, que en última instancia es lo que se juega en cada elección, y el único principio respetable por el cual se puede dar el voto.
Jorge Esteban Espitia Atehortúa
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