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Las noticias desde Oriente Próximo no cesan. Día tras día vemos imágenes de destrucción, oímos hablar de nuevos ataques, de maniobras políticas y estrategias militares. Discutimos sobre culpa y expiación, sobre derecho internacional y reivindicaciones históricas. Y mientras tanto, olvidamos lo único que realmente importa: el ser humano.
Detrás de cada titular hay un padre que ha perdido a su hijo. Detrás de cada cohete hay una madre que no sabe cómo quitarle el miedo a su familia. En Teherán, en Tel Aviv, en Gaza, en el Líbano; en todas partes la gente llora las mismas lágrimas. Solo que lo hacen por separado, en sus propios refugios, detrás de sus propios muros.
¿Y si nos tomáramos un momento para detenernos? ¿Y si no preguntáramos: “¿Quién empezó?”, sino: “¿Cómo puede terminar este dolor?”?
Imaginemos que existiera un día en el que todos los muertos de esta región reciban un nombre. Un día en el que madres israelíes muestren las fotos de sus hijos y padres iraníes cuenten las historias de sus muchachos. Un día en el que no pensemos en bandos, sino en rostros.
Imaginemos que redefinimos el lenguaje de la seguridad. No por el número de cohetes, sino por el número de niños que duermen sin pesadillas. No por la disuasión militar, sino por hospitales comunes donde médicos de todos los países luchen codo con codo por la vida de cada persona sin importar de dónde venga. Imaginemos que dejamos de usar las historias sagradas de esta región como armas. Y que, en cambio, escuchemos. Un israelí escucha hablar de la Nakba, un palestino del Holocausto (Shoá), un iraní del anhelo de libertad. No para estar de acuerdo, sino para comprender. Porque comprender es el principio de la humanidad.
Lo sé, suena ingenuo. En un mundo de política de poder e intereses, una paz de los corazones así parece imposible. Pero les pregunto a todos: ¿No estamos cansados de oír siempre solo el lenguaje de las armas?
La familia humana, que lleva ella misma las heridas de dos guerras mundiales, podría tener aquí una voz especial. No la voz de la lección, sino la voz de la invitación: Vengan, sentémonos juntos. No en mesas de negociaciones, sino en plazas de mercado. No con tratados, sino con té y pan.
Los políticos de este mundo seguirán negociando. Pero nosotros –las personas, los lectores, las madres y los padres– podemos hacer algo diferente. Podemos agudizar la mirada hacia lo que nos une. Podemos llorar con los que lloran. Y podemos insistir en que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino la presencia de humanidad.
Quizás todo lo grande comienza siempre con un pequeño pensamiento. Quizás la paz en Oriente Próximo comienza aquí mismo, en la conciencia del ser humano, en una opinión de un lector que alguien lee y sigue transmitiendo.
Roman Hillerzeder, Salzburgo, Austria
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