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Aprender a despedirse

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26 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Con ocasión del temblor que afectó principalmente al Eje Cafetero, alguien a quien conocí hace un tiempo en Pereira me comentó lo triste que ha sido para él tener que dejar sus sueños y proyectos en aquella ciudad, sepultados bajo toneladas de escombros de hierro y concreto, para regresar a su pueblo de origen e intentar reconstruir su vida con lo poco que le quedó. Me dijo que lo difícil no era volver a empezar, sino despedirse del lugar, de las personas y de tantas experiencias que un día allí vivió. Me dolió escucharlo decir eso con la voz entrecortada. Y mientras pensé que quizá, en el fondo, aunque nos duela, eso es también la vida: aprender a despedirnos constantemente de aquello que amamos, de aquello que fuimos y de aquello que, por alguna razón, ya no podemos conservar.

Despedirse de la infancia cuando llega la juventud, de la adolescencia cuando aparecen nuevas responsabilidades y, poco a poco, de personas, lugares, costumbres y sueños. Cuando uno cree que simplemente está viviendo, también está dejando cosas atrás. Y por eso creo que madurar no es solo aprender cosas nuevas, sino aprender a soltar aquello que ya cumplió su tiempo, no solo cosas, sino también personas y lugares.

El cuerpo es un buen maestro de esto. Un día necesitamos gafas para ver lo que antes distinguíamos sin esfuerzo; otro día, el frío comienza a afectarnos más; subir unas escaleras exige una pausa o caminar largas distancias deja de ser tan sencillo. Casi nunca perdemos nuestras capacidades de un solo golpe. Las vamos dejando poco a poco, en pequeñas renuncias que muchas veces pasan inadvertidas. Ya lo dijo el Señor: “cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá, y te llevará donde no quieras” (Juan 21,18).

Pero también tenemos que despedirnos de quienes fuimos. Hay versiones de nosotros mismos que ya no existen. Cambian nuestras ilusiones, nuestras amistades, nuestros intereses y hasta la manera en que miramos el mundo. A veces sufrimos porque queremos conservar una etapa que ya terminó. Nos aferramos a una época, a una persona o a una imagen de nosotros mismos que la vida ya ha comenzado a transformar. Quizá una de las mayores dificultades de vivir sea aceptar que no todo lo que amamos está destinado a permanecer, y eso también significa aprender a bien morir poco a poco.

Pero no significa dejar de amar. Al contrario, quizá solamente sabe despedirse quien ha aprendido a valorar. Despedirse es reconocer que algo fue importante, agradecer lo vivido y aceptar que no todo puede permanecer. No todo lo que termina es un fracaso. Algunas cosas terminan simplemente porque cumplieron su propósito. La persona madura es capaz de mirar hacia atrás con gratitud, sin convertir el pasado en una prisión.

Por eso pienso que toda la vida es un largo adiós. Un día tendremos que despedirnos de nuestra juventud, de nuestras fuerzas, de nuestras seguridades y, finalmente, de nuestra propia vida. Ojalá Dios y el destino nos permitan ir con calma y ser concientes de este proceso. La tarea, querido lector, ahora es: disfrutar mientras podemos, amar mientras estamos, agradecer mientras tenemos y soltar cuando ha llegado el momento. Porque nada nos pertenece para siempre y, precisamente por eso, cada encuentro, cada lugar y cada instante merecen ser vividos como un regalo.

Luis Alfredo Cortés Capera

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