Con fervor, entusiasmo y una férrea convicción de estar haciendo lo correcto, deposité mi voto en una urna situada en un colegio público del municipio de Envigado, enclave de la más recalcitrante derecha colombiana.
Sin el más mínimo asomo de duda, tracé una cruz sobre la foto de Iván Cepeda y su fórmula vicepresidencial con tal fuerza que por poco rasgo el tarjetón. Quería, con esta acción, dejar por sentado mi respaldo pleno al candidato afín a mi postura ideológica.
En mis reiteradas ensoñaciones, visualizaba una Colombia liderada por un político de su talante: mesurado, sereno y reflexivo, que lograra hacer tangibles las transformaciones que el presidente Gustavo Petro había esbozado y puesto en marcha no con la eficacia que tal empresa demanda, debido a su errático y desprolijo accionar. Veía con claridad en Cepeda a un estadista capaz de establecer la carta de navegación que Colombia, este barco que ha estado al borde del naufragio, requiere para arribar a buen puerto.
La consolidación del Acuerdo de Paz de 2016, la defensa denodada de los derechos humanos, una lucha incansable por la justicia social, la búsqueda de la equidad, el interés genuino por emprender acciones encaminadas al mejoramiento de la calidad de vida de las gentes de la Colombia marginal y periférica, el proscribir modelos de explotación de recursos que pongan en riesgo la riqueza natural del país y los ecosistemas que han de ser protegidos sin reparo, el respeto por las libertades individuales y los avances que en materia de derechos han logrado las minorías y grupos poblacionales específicos. Todas estas y más, conformaban el ideario político de Iván Cepeda, que abracé sin ambages.
Por desgracia, el pasado 21 de junio, al finalizar la tarde, mi anhelo de ver al filósofo bogotano como presidente de esta sangrante patria se vio truncado. Ha pasado un mes ya, y mi duelo persiste, y el pavor que me genera vivir en una Colombia gobernada por la extrema derecha se ha ido acrecentando con el paso de los días.
Tal parece que no soy el único que no ha logrado elaborar el duelo de la impensada derrota. El senador Cepeda, el otrora sosegado demócrata de cuidadas formas, ha emprendido acciones y emitido discursos que no dan cuenta, en modo alguno, de las cualidades que me alentaron a mí y a millones de personas más a respaldarlo en su aspiración presidencial. El hecho de que proclamara una supuesta ilegitimidad del presidente electo, que, aunque abomino, alcanzó un triunfo sin atenuantes, y el enarbolar el etéreo y ambiguo concepto de “desobediencia civil”, que para muchos no es otra cosa que un llamado a la anarquía y el caos, han hecho que su intachable figura se haya ido desdibujando paulatinamente.
Tristemente, tales palabras y acciones terminan dándole la razón a la derecha más reaccionaria, que convencida está de que con el sombrío presidente electo “salvaron la democracia”.
Luis Eduardo González García
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