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A propósito del desastre referido en el editorial del 26 de junio, titulado “La tragedia llega a una Venezuela debilitada”, hoy, al unísono, se escuchan caraqueños, gochos, margariteños, valencianos, maracuchos y guaros. Las toneladas de ayuda no cesan: el parque se inunda de gente que arma cajas, clasifica y, como en el mejor de los partidos, escoge un equipo para ayudar sin parar a Venezuela. No solo porque ella es la causa principal de esta iniciativa, sino porque, como una madre, es la mujer de nuestra vida.
La que siempre nos enseñó a seguir, a persistir y jamás a desistir. Son siete estrellas que laten en un solo corazón, porque, en medio del momento más difícil para Venezuela, nos damos cuenta de que todos somos realmente uno. No hay espacio para el protagonismo; lo único que importa es ganarle al tiempo y que cada medicamento pueda aliviar la crisis humanitaria, porque, aun con todas las toneladas que se han recaudado, no son suficientes ante la emergencia provocada por los dos terremotos.
Venezuela tiene muchos hermanos. Pero, como en las familias, hay unos mejores que otros. Colombia es ese hermano que no la abandonó, que hoy la abraza fuerte y le dice que de esta salimos. La bondad de cada bogotano jamás se olvidará. «¿En qué ayudo? ¿Qué hace falta? ¿Quieren agua? Yo llevo las cajas». A las personas que conocí: gracias, porque me devolvieron en estos días la fe en la humanidad.
La luz de los motorizados fue el faro para seguir adelante; las banderas ondearon sin parar. Cantar el himno se sintió como un día cívico de colegio, y las cadenas humanas hicieron más corta la jornada. Hoy La Guaira no queda tan lejos, porque todos la sentimos muy cerca. El Ávila de Caracas, tal vez, como dice la canción, nos arrulle un día. Y, cuando pisemos Maiquetía, demos gracias a Dios porque la tormenta terminó.
Karla Gutiérrez, periodista venezolana en Bogotá.
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