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Cartas de los lectores

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22 de enero de 2008 - 04:25 p. m.
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El misericordioso Sr. Montenegro

“…que en una era de triunfalismo de la derecha la idea de la izquierda es demasiado valiosa para abandonarla”: J.M. Coetzee

¡Cuántos errores comete uno a diario sin siquiera percatarse! En una simple opinión, en una frase, puede haber tantos que uno se asombra cuando un espíritu caritativo y sutil como el del columnista Armando Montenegro se los señala de manera rigurosa (“Carlos Gaviria contra J. R. Ortega”. El Espectador, semana del 13 al 19 de enero). Veamos: dije yo, a propósito del gabinete distrital nombrado por Samuel, que me sorprendía que un Alcalde elegido por un partido de izquierda designara a un competente economista neoliberal (lo que no es insulto sino una descripción) para la Secretaría de Hacienda. Qué iba yo a suponer en mi torpeza que incurría, al dar esa opinión elemental, en una imperdonable cadena de errores. (Así llama la mentalidad liberal del columnista a las apreciaciones que divergen de la suya). Por fortuna, el alma buena del Dr. Armando se apresuró a rectificar mis herejías nacidas de la ignorancia, practicando así la caridad cristiana magistralmente condensada por el padre Astete en las ‘Obras de Misericordia’. Y a fe que en el espacio de su columna pudo ejercitar más de una:

“Corregir al que yerra”. Mi primer error fue político. Me molestó, en lugar de alegrarme, que a un brillante intelectual venido de la otra orilla (había sido viceministro de Hacienda de este gobierno) se le llamara a reforzar un proyecto de izquierda, con lo escasos que son los sujetos pensantes e idóneos en ese sector político. En la derecha los hay a granel —pienso yo que piensa Montenegro— pero un partido como el Polo lo que debía hacer era una convocatoria a los intelectuales y profesionales capaces (“muchos con posgrado”) para sacar adelante un proyecto reformista. Pero, a juicio del columnista, para una iniciativa de esas se requieren dirigentes sensatos como Lucho Garzón.

“Enseñar al que no sabe”. Mi segundo error es mucho más grave: no es político sino conceptual, forma eufemística y caritativa de llamar mi ignorancia. “No hay finanzas de derecha y finanzas de izquierda”, me enseña Montenegro. Aprecio y agradezco su voluntad pedagógica y bienintencionada, pero su afirmación ex cátedra no logra erradicar mi craso error (contumacia debe llamar Montenegro a mi terquedad, desde su perspectiva tan liberal). Mi oficioso maestro halla necio pensar que en función de metas prioritarias (y yo en mi atolondramiento pienso que las de la izquierda y las de la derecha no son coincidentes) el manejo de las finanzas y la política fiscal son meros instrumentos que apuntan a la consecución de propósitos preestablecidos. Que un presidente de Colombia nombrara como Ministro de Hacienda a Eduardo Sarmiento o a Luis Jorge Garay, sólo por citar dos nombres, y no a Armando Montenegro, sería un mensaje que muchos compatriotas entenderían.

“Dar posada al peregrino”. Montenegro piensa, y yo no, que quienes fueron altos funcionarios del actual gobierno y han dejado de serlo —no necesariamente por discrepancias de orden ideológico— y son conocidos en los mercados y en las entidades financieras internacionales pueden prestarle excelentes servicios el Gobierno Distrital. Puede ser cierto, pero confieso que no simpatizo mucho con tecnócratas dispuestos a servir, según la ocasión, a los más contradictorios intereses.


“Dar buen consejo al que lo necesita”. El columnista quiere ahora engrosar el numeroso grupo de consejeros de buena voluntad que desde la orilla opuesta indican al Polo cómo y con quiénes debe trabajar para que su tarea resulte provechosa. La comparación que voy a usar es trillada pero exacta: me niego a admitir que cuando mi rival en el tablero de ajedrez me dice cómo debo mover mis piezas, lo hace por generosidad inexplicable y no por taimada astucia. Asumo el riesgo de advertir a nuestros adversarios (el Dr. Armando entre ellos): no necesitamos tutores. Pero como esta admonición puede derivar de mi vocación por la marginalidad, tal como lo sugiere el columnista, debo recordarle que precisamente con mi candidatura a la Presidencia la izquierda dejó de ser marginal.

Carlos Gaviria Díaz. Bogotá.

¿Dónde queda la izquierda?


Escribo este breve artículo como complemento crítico a la columna de Rafael Rivas (El Espectador, “¿De qué lado queda la izquierda?”, semana del 6 al 12 de enero). En ella se plantea un necesario debate sobre las posiciones ideológicas de los partidos políticos colombianos, sin caer en los cada vez más frecuentes señalamientos de “terroristas” o de “fascistas” de un lado o de otro.

Quisiera hacerme también algunas preguntas y señalar algunos temas que fueron omitidos por Rivas. El primero es la dificultad actual de definir qué significa ser de izquierda. Quizá uno de los puntos a considerar es que dicha “filiación” no debería analizarse únicamente desde una perspectiva económica, como lo sugiere Rivas. Las ideologías engloban otros temas vitales para la sociedad, como la cultura, la educación, la sexualidad, el medio ambiente, etc. Además, perfectamente una persona puede declararse de “derecha” desde lo económico y no verse representada en sus derechos sexuales, por ejemplo, por un partido de derecha que defienda el concepto de familia tradicional.

El segundo punto que omite Rivas, de una importancia notoria, es el hecho criminal de haber sido asesinados los principales dirigentes de movimientos de izquierda o de tendencia de izquierda en el siglo XX en Colombia (la lista es muy larga) y los millones “exponentes” de ideas de izquierda, amenazados, desterrados, exiliados o silenciados por diferentes formas de censura y exterminio.

El tercer punto es que Rivas desconoce que dentro de la izquierda —como dentro de la derecha— siempre han existido tendencias contradictorias. Hablar de un “equilibrio natural” como el que sugiere Rivas es no sólo desconocer la historia de movimientos de extrema izquierda y de extrema derecha —armados o no— sino, también, suponer a priori que tiene que existir dicho equilibrio en forma de bipartidismo. En otras palabras, es “condenar” a las izquierdas a pactar con el statuo quo.

Aquí me separo profundamente de la tesis central de Rivas, y al reflexionar sobre su pregunta, creo que si de verdad se quiere abandonar las toldas “conservadoras”, el problema no está en criticar y deslegitimar las formas organizativas de los trabajadores (léase sindicatos), generalizando sin ningún matiz que todas pretenden únicamente defender privilegios de “minorías” —como Rivas llama a los millones de pensionados, trabajadores, profesores y empleados de Colombia—. Yo me pregunto: ¿acaso defender el derecho de libre asociación, de expresión y la vida de los trabajadores sindicalizados es una práctica conservadora?


La izquierda debe, sí, hacer debates en profundidad sobre este tipo de temas, incluyendo a los sectores que dicen pertenecer a ella desde el confort de la bien llamada “izquierda caviar”, pero sin señalar previamente quién es de izquierda o no. Mucho daño les ha hecho la ortodoxia a los debates pluralistas. ¿Para qué sirve preguntarse quién es más o menos de izquierda? Los nacidos en los albores de la caída del Muro de Berlín deberíamos evitar lo reactivo, venga del dinosaurio que venga, y pensar y actuar alrededor de una izquierda horizontal y rizomática…

El último punto es lo que al final Rivas llama ligeramente el “populismo” del Polo, lo que daría para un debate más largo. No obstante, no sobra recordar que el concepto de “populismo” viene sobre todo de Perón, quien siempre estuvo más cerca de las toldas nazis que de las comunistas. Ya en otros tiempos quedó demostrado que ni la defensa de la libertad de expresión y de pensamiento, ni tampoco su ataque a ellas, son propiedad exclusiva de “izquierda o de derecha”. El affaire Dreyfus en Francia a finales del siglo XIX y las persecuciones y servicios de inteligencia en la Alemania nazi, la Rusia stalinista o los Estados Unidos macartizados (para sólo hablar de unos pocos) dieron funesta prueba de ello.

Alberto Bejarano. Bogotá.

* * *

Reconforta el manejo editorial de El Espectador, pues al tiempo que le dan espacio al ciudadano Yamhure, caracterizado por sus dificultades para razonar, le publican al ciudadano Rivas Mallarino una muy razonada nota sobre el funcionamiento de la democracia (El Espectador, “¿De qué lado queda la izquierda?”, semana del 6 al 12 de enero). Por lo anterior, a Rivas vale glosarle, no así a Yamhure, confiando en que la réplica le conduzca a mejor sindéresis en sus notas, lo que con Yamhure resulta inútil.

Ponderando lo de Rivas, éste intenta explicar el complejo fenómeno del bipartidismo sólo amparado en el teorema de Downs, cuando tratadistas como Powell (Elections as instruments of democracy, 2001) han demostrado empíricamente que el bipartidismo se caracteriza por ser una de las formas más precarias de construir y sostener democracia. Metodológicamente, esto no haría sino confirmar la tesis de Russell cuando llamaba a no acogerse intelectualmente a alguna autoridad pues otras autoridades afirmaban todo lo contrario.

Así las cosas, si como dice Rivas “el bipartidismo es un equilibrio a largo plazo en un sistema presidencial”, también es válido lo opuesto en el sentido de que en un sistema parlamentarista el multipartidismo ha mostrado equilibrios de corto y de largo plazo (caso Italia). No sería cierto tampoco, por tanto, que la terminación de las diferencias entre los partidos fuera adjetivable sólo como un “lamento”, dado que ese fenómeno combinado con sistemas presidenciales ha mostrado inducir riesgos autoritarios de lo que habría ahora varias muestras (casos Estados Unidos, Gran Bretaña, Colombia, México, Argentina) (Ver: Poulantzas, Estado, poder y socialismo, 1978).

Finalmente, a pesar de que los argumentos precedentes de Rivas acusan tales fragilidades, es plausible su análisis sobre el fenómeno del Polo Democrático en Colombia como una tercería que amenaza o promete —según sean los resultados— sustituir al Partido Liberal. Sin embargo, al preguntarse al final “¿dónde queda la izquierda colombiana?”, Rivas no toma en cuenta que esa pregunta no se le puede cargar sólo a Colombia, sino que es un asunto de fondo en la politología actual en todas las naciones, sin mencionar que en el universo se afirma que no habría izquierda, derecha ni, por tanto, centro.

Bernardo Congote. Bogotá.

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