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El Espectador publicó el 20 de febrero un editorial sobre el escándalo del supuesto sabotaje al viaje presidencial a Washington. El texto es correcto en sus hechos, riguroso en su cronología y completamente equivocado en su diagnóstico. Y ese error no es menor; es, precisamente, el error que le resulta más útil al presidente Gustavo Petro.
El editorial ancla su preocupación central en la palabra “ligereza”. El presidente actúa con información insuficiente, opera con base en chismes, es impulsivo. El argumento tiene la virtud de ser verificable y el defecto de ser incompleto de una manera que no es neutral. Porque, si un gobernante repite exactamente el mismo ciclo en episodios distintos, protagonizados por víctimas diferentes (la fiscal Luz Adriana Camargo, Noticias Caracol, el exministro Idárraga, el general Urrego), el término que corresponde ya no es ligereza: es patrón. Y los patrones no se explican por el temperamento; se explican por la función que cumplen.
El ciclo merece describirse con precisión. Llega un anónimo, el presidente lo convierte en acusación pública de enorme gravedad, el país reacciona con horror, caen cabezas o se destruyen reputaciones, y luego el relato oficial muta o desaparece en silencio. Lo que queda no es la verdad sobre los hechos. Lo que queda es la sensación de que hay enemigos por todas partes, de que el Estado profundo acecha. Esa sensación es el producto deliberado, no el subproducto accidental.
El propio editorial entrega, sin advertirlo, la evidencia que desmonta su diagnóstico. Cita al exministro Idárraga sugiriendo que es probable que hayan malinformado al presidente de manera intencional, y cita al ministro de Defensa advirtiendo que sería “supremamente grave” que las acusaciones no fueran ciertas. Ambas fuentes abren la puerta a la hipótesis de la intencionalidad. El editorial la cierra de inmediato y regresa al confortable refugio de la impulsividad presidencial.
Ahí el análisis del diario deja de ser insuficiente para volverse, involuntariamente, funcional al discurso que pretende criticar. Al enmarcar el problema como descuido, desplaza la pregunta relevante (¿a quién beneficia este ciclo?) hacia una pregunta secundaria (¿quién filtró el anónimo?). Al concluir con un llamado a la prudencia, trata como déficit de carácter lo que la evidencia acumulada sugiere que es arquitectura deliberada de comunicación política.
Esa arquitectura tiene nombre en la literatura política especializada: victimización artificial. Consiste en provocar o magnificar confrontaciones con instituciones legítimas para que la respuesta institucional pueda ser presentada, ante la base de apoyo, como persecución. El presidente no necesita que el anónimo sea verdad. Necesita que sea creído el tiempo suficiente para instalar la narrativa. El ciclo funciona mejor sin evidencia, porque la ausencia de pruebas se convierte en otra prueba de encubrimiento.
Nombrar la ligereza donde existe el método no es prudencia periodística. Es, aunque sea de manera involuntaria, parte del método.
Camilo Vega
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