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A propósito del editorial del 12 de abril, titulado “La ausencia en los debates le hace daño a la democracia”. El mundo y el país han cambiado, y queremos aferrarnos a las viejas formas de hacer política o, por lo menos, a la manera como los candidatos expresan sus ideas y las llevan al público. La de los debates es una forma antigua. En este esquema se pondera al que mejor se vista y pueda expresar la complejidad de la cosa pública mediante frases cortas, emotivas y efectivistas. Es un buen espacio para los demagogos, fáciles de palabra, que prometen casas en el aire y atizan las hogueras primarias de los sentimentalismos y los resentimientos. Con una retrospectiva, es fácil determinar que, en el pasado, los debates han servido de poco y no determinan la balanza.
Pero que no sirvan no significa que se deban abandonar los objetivos de conocer y contrastar ideas, además de dejar ver el talante de los candidatos. Hay que ser creativos y emplear otras herramientas. Aquí está el papel de la prensa libre como formadora de opinión. ¿Por qué no pensar en exponer a los candidatos a entrevistas con paneles de expertos para que muestren sus planes de gobierno? Esto luce como un formato ágil y generoso, pues no tendrían la limitante del tiempo en televisión. Se les exigiría profundidad y capacidad de síntesis, además de simplicidad en el lenguaje para llegar al público. La pregunta obvia es: ¿y si no aceptan? Pues la denuncia pública será el castigo. O, como en el arte del desaparecido toreo, se debe llevar el toro al centro de la arena. En la medida en que varios medios se unan para este fin, todos los candidatos se verán obligados a entrar en la faena. La convergencia de medios de comunicación no resulta nada difícil de lograr; en el pasado, varios se han unido para los debates, así que el camino del consenso está ya trazado.
Es claro que culpar a otros de la falta de debate es el camino fácil, pero la prensa debe hacer su mea culpa. Si no hay debates, urge la creatividad; se hace necesaria la presión mediática, el ataque frontal a las ideas propuestas de cara a buscar la salida de esa comodidad material en la que se encuentran algunos, endiosados por las encuestas. Permite, además, el surgimiento de nuevos liderazgos y la escucha de otras voces disidentes u ocultas.
En este cosmos de la virtualidad, la prensa puede formular una batería homogénea de preguntas y contrastarla para analizar la consistencia ideológica, explorar los programas de gobierno e informar para formar opinión. Es una labor constante que la prensa libre debe asumir. Requiere esfuerzo, pero hay que hacerlo.
En un mundo cambiante, la adaptación a las nuevas formas, a los caracteres cambiantes de los personajes que buscan el poder para gobernarnos, requiere una fortaleza más allá de la queja. El público quizá ya es más sofisticado o ha cambiado la forma de consumir las noticias. Incluso muchos ya no tienen televisión.
Helbert Augusto Galindo Hurtado.
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