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El editorial del 23 de agosto, titulado " Un viraje radical en política exterior que nos aísla", peca de dramatismo y de una visión nostálgica del multilateralismo que ya no corresponde a la realidad internacional contemporánea. Presentar las decisiones del gobierno de Abelardo de la Espriella como un “extremismo” que traiciona principios históricos de Colombia constituye una lectura ideológica más que un análisis geopolítico riguroso.
En primer lugar, el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán no es un capricho personal ni una sumisión a Washington o a Jerusalén. Es una lectura realista de hechos consumados desde 1967 y de la correlación de fuerzas actual. La posición jurídica sostenida por la mayoría de las resoluciones de la ONU sobre ese territorio ha demostrado ser totalmente ineficaz para alterar la realidad sobre el terreno. Colombia no está obligada a mantener indefinidamente una ficción jurídica que solo alimenta discursos simbólicos sin consecuencias prácticas. Alinear la posición nacional con la de Estados Unidos es coherente con la recuperación de relaciones estratégicas deterioradas durante el gobierno anterior.
En segundo lugar, el anuncio del retiro del Estatuto de Roma debe evaluarse con realismo y no con sacralización institucional. La Corte Penal Internacional ha mostrado, a lo largo de más de dos décadas, serias limitaciones: selectividad geográfica, lentitud procesal, altos costos y una creciente percepción de politización. Su historial de condenas es limitado y su capacidad de enforcement, casi nula frente a potencias o actores protegidos. Para un Estado como Colombia, que ya demostró ante la propia CPI la existencia de mecanismos nacionales de investigación, la permanencia en esa instancia no constituye un seguro automático de justicia ni un requisito de legitimidad internacional. La soberanía judicial no se fortalece subordinándose a un tribunal cuya autoridad moral se ha erosionado.
El error del editorial radica en equiparar multilateralismo con virtud y realismo con subordinación. Colombia no se aísla por recuperar una relación preferente con Estados Unidos e Israel; se aísla cuando prioriza gestos ideológicos que deterioran alianzas estratégicas y el acceso a mercados, tecnología y cooperación en seguridad. El gobierno anterior personalizó la política exterior hasta generar fricciones innecesarias con el principal socio comercial y de seguridad del país. Corregir ese desequilibrio no es “doctrina Donroe”: es defensa del interés nacional en un sistema internacional marcado por la competencia entre grandes potencias y por el declive de organismos burocratizados.
Como recordaba Ronald Reagan al retirar a Estados Unidos de la Unesco en 1984, las organizaciones internacionales pierden legitimidad cuando se politizan, exhiben hostilidad hacia las sociedades libres y convierten la burocracia en un fin en sí mismo. En la misma línea, Margaret Thatcher sostuvo con claridad que “el verdadero internacionalismo consiste en la cooperación entre naciones; el falso internacionalismo multiplica las burocracias internacionales mientras paraliza la acción”. Ambos estadistas coincidían en una verdad elemental: no hay sustituto real para el Estado-nación cuando se trata de defender intereses estratégicos y de actuar con eficacia.
Una política exterior seria no se mide por la fidelidad a resoluciones simbólicas ni por la permanencia en instituciones cuya legitimidad está en crisis. Se mide por su capacidad de maximizar la autonomía estratégica, proteger la soberanía y generar beneficios tangibles para los ciudadanos. En ese sentido, el viraje del gobierno de De la Espriella no es radicalismo: es realismo.
Elías David Gloria
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