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A propósito del editorial del 15 de marzo, titulado “El gobierno burla las normas y las garantías electorales”. Si bien somos una democracia, con alguna robustez que permite ser modelo en América Latina, claramente hay fallas protuberantes en el sistema punitivo o de justicia, sobre todo para someter a los de arriba.
Esa segregación entre ciudadanos de primera y de segunda para el sistema de justicia es aberrante. Mucha ley, pero poca acatación y ejecución. Eso de que el presidente sea el primer infractor de la normatividad y de manera absolutamente impune es el mejor ejemplo. De ahí para abajo, ¿quién no se siente tentado a burlar la ley? Compara uno con el Perú, donde, por el contrario: presidente preso o prófugo porque sí y porque no.
Esa Comisión de Acusaciones nuestra: ¿por qué nadie habla de acabar ese esperpento dominado por la corrupción y someter al presidente a la CSJ como debiera ser? Siendo tan visible, asombra que de eso no hablen, tanto jurista brillante que tenemos. De arrancada, la equidad se rompe: el presidente resulta favorecido para romper la ley. ¿Quién dijo que en una sociedad no somos todos iguales? El presidente, que debiera ser modelo de comportamiento, honestidad y sensatez, debería ser el primero en ser más sancionable que un ciudadano de a pie, con obvia menor formación y educación. Aquí es lo contrario.
Yo creo que si algo de eso hubiera, a este presidente, que lo que ha hecho es avergonzarnos como nunca antes, lo hubieran podido neutralizar mediante un efectivo “golpe blando”, como él mismo lo llamara, desde antes de ocasionar tanto daño; desde el día en que se supo que el espejismo de transparencia y anticorrupción era solo eso. Daño que ya está hecho, y qué tanto se necesitará para recuperarlo. Ecopetrol, creo yo, no aguanta otros cuatro años en el despeñadero en que va. Si se logra enderezar el rumbo, quizás se salve, a la paradójica sombra del avance de la lejana —que no es tanto— guerra del Oriente Medio.
Ahora hay que abrir el ojo. Como en tantas encrucijadas de la historia, como en los tiempos épicos y bíblicos, hay que tomar la decisión adecuada. Entre los extremos estrepitosos y nocivos de la debutante y corrupta izquierda y la más experta ídem derecha, que constituyen un mar embravecido dominado por la desinformación y alimentado por el poder de confusión de las redes sociales, se abre la posibilidad de que llegue algún Moisés con su cayado de moralidad a guiarnos por el sendero tranquilo de la recuperación. Hay que encontrar y elevar a ese Moisés. Hay algo que se llama centro y que en este momento de crisis debe ser una carta definitoria.
Nicodemus Fernández Rozo, Pamplona.
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