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La Ventana de Overton

Cartas de los lectores

24 de marzo de 2026 - 12:00 a. m.

La caricatura de Jarape publicada el 17 de marzo en El Espectador no retrata una campaña: describe una operación. En una sola frase, Cándida desnuda la maniobra: “El papel de Abelardo en esta campaña es hacer parecer de centro a Paloma”. Ahí está el truco. La caricatura muestra que en política el contraste suele rendir más que la coherencia. Y en la Colombia de hoy ese contraste se fabrica para empujar al elector de centro, seducirlo con una falsa moderación y hacerle creer que está eligiendo equilibrio, cuando apenas le están maquillando el extremo.

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Paloma Valencia no se volvió moderada de repente: lo que cambió fue el telón de fondo. Después de ganar la consulta de centroderecha con más de tres millones de votos y de sumar a Oviedo como fórmula, su candidatura empezó a venderse como una derecha razonable. Pero esa moderación es, en buena parte, un efecto óptico. Cuando Abelardo de la Espriella entra al escenario como el Tigre, con retórica de ultraderecha y vocación de outsider, la ventana de lo aceptable se corre hacia ese extremo y todo lo que está un poco más acá empieza a parecer sensato. No es una conversión ideológica: es una operación de encuadre.

Pero en política casi nada ocurre por accidente. La Ventana de Overton, formulada por Joseph Overton en los años noventa, explica cuáles son las ideas que una sociedad está dispuesta a considerar aceptables en un momento dado. Su lógica es tan simple como despiadada: no siempre hace falta cambiarle la opinión al electorado; a veces basta con desplazar los límites de lo que puede discutirse sin escándalo. Cuando irrumpen posiciones más extremas, aquello que ayer parecía radical empieza a venderse como aceptable. No cambió la idea: cambió el marco con el que se la mide. Y es ahí cuando aparecen las llaves: en política, muchos no defienden tanto lo que creen, sino aquello que pueden ofrecer sin inmolarse en las urnas. Dentro de esa ventana, una propuesta suena razonable, debatible, hasta necesaria; fuera de ella, parece insensata o directamente inadmisible.

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Ahí está el verdadero negocio electoral. No se trata de enamorar al votante de derecha dura; ese ya viene fidelizado por el miedo, la rabia o la nostalgia. Se trata de seducir al votante de centro para que termine abrazando lo que ayer habría considerado una agenda severamente conservadora. La estrategia es poner a uno a gritar para que el otro, diciendo casi lo mismo con mejor dicción, parezca estadista. En el mercado de las percepciones, el extremista funciona como publicista involuntario del radical presentable.

En Francia, la irrupción de Éric Zemmour, con un discurso identitario aún más incendiario, ayudó a normalizar a Marine Le Pen ante parte del electorado de derecha en 2022. Aquella campaña se retrató como una contienda con dos candidaturas de extrema derecha disputándole espacio a Macron. En España ocurrió una versión menos teatral, pero igual de eficaz. Vox endureció el debate sobre inmigración, género y nación, mientras Alberto Núñez Feijóo vendía al PP como la carta de la estabilidad, aunque el partido siguiera sosteniendo posiciones muy conservadoras.

Por eso, la pregunta no es si Paloma parece moderada: la pregunta es quién corrió la línea para que parezca moderada. Y la respuesta perturba, porque revela que el centro, ese territorio que se presume sensato, suele ser el más manipulable de todos, pues no vota tanto por convicción como por contraste. Deliberada o no, la jugada consiste en correr el tablero para que el elector crea que está evitando un abismo, cuando en realidad apenas está eligiendo una versión mejor presentada del mismo precipicio.

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Jaime Humberto Silva, historiador.

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