Las amenazas del presidente Donald Trump al presidente Gustavo Petro son personales, no colectivas. Son directas al primer mandatario colombiano; no tienen por qué trascender al resto del país. Afirmar lo contrario, como lo está haciendo El Espectador, es impreciso y, de alguna manera, eufórico.
“Lo que es con Petro es conmigo” es, más o menos, la demagogia trasnochada en la que cae el editorial del pasado 6 de enero. Nada que ver. Petro ha hecho méritos suficientes para que Trump se dirija a él en los términos que le venga en gana. ¿O acaso el editor olvida lo que hizo el presidente de Colombia en Nueva York, azuzando a la ciudadanía y llamando a los soldados americanos a rebelarse contra el Pentágono, Trump y compañía? Impresentable. Además, a Petro y a su gobierno de los mil escándalos su reputación los precede.
Insinuar siquiera que los colombianos debemos solidarizarnos con Petro por el solo hecho de ser el presidente elegido democráticamente (con topes electorales desbordados y con dinero de dudosa procedencia de por medio) es, por decir lo menos, ofensivo.
Resulta extremadamente “romántico” el editorial cuando sostiene que “nuestras instituciones son robustas y la democracia estable”. Pareciera que estuviera haciendo referencia a Dinamarca y no a Cundinamarca.
Descalificar a Petro, dándole la razón a Trump en algunos de los adjetivos usados para cuestionar al presidente de Colombia, no es violentar la democracia ni abrir automáticamente las puertas a una intervención militar. ¡Por favor! Es simplemente ser objetivos y, desprovistos de cualquier apasionamiento, reconocer —insisto— que Petro ha sido provocador, instigador e incendiario, tanto con propios como con foráneos.
Que asuma él solito la responsabilidad de sus actos. Su defensa per se no tiene por qué asumirla jamás el resto del país, los gobernados. ¡Pero claro, señor editor, que el desempeño del gobernante es relevante!
No estamos para patriotismos baratos a estas alturas. Este gobierno, a duras penas, merece una solidaridad reducida de parte de quienes han ganado con él, tributándose favores con reciprocidad desvergonzada y profana; no de la mayoría del pueblo, que ha sentido de parte del mal llamado “Gobierno del Cambio” una descarada agresión directa y que, a diario, se ve obligado a rechazarlo con vehemencia.
La “buena salud y la independencia” que el editorial le atribuye a la rama judicial y al denostado Legislativo más bien deberían reflejarse en que, conscientes de lo camorrero y deslenguado que ha sido Petro durante los últimos dos años, reconozcamos que su alianza con Nicolás Maduro y una vorágine de errores adicionales tienen ofendido no solamente a Trump, sino al colombiano promedio, hastiado de su bandera de guerra o muerte y de su fogoso y malsano discurso revolucionario.
Fernando Carrillo Virgüez
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com