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Tan vistosa fue la repulsiva “marcha satánica” en “Semana Santa” como llamativo el editorial de El Espectador del pasado lunes 6 de abril (“‘Satanismo’, odio y libre expresión en Colombia”). Ciertamente, aquella marcha, cargada de recursos tan “baratos” como grotescos y ofensivos, contrastó con los tradicionales ritos católicos durante la Semana Mayor.
Las arengas en contra de la fe, la Iglesia y el imperio de la devoción no se hicieron esperar; la secta satánica arremetió con vehemencia, torpedeando, irrumpiendo y socavando la tranquilidad de cientos de familias que, sin hacerle daño a nadie, celebran y “honran” la Semana Santa, viviendo encarnizadamente muchos la pasión de Cristo al paso del viacrucis.
No me interesa encomiar ningún tipo de fanatismo ni ahondar en lo chabacano y “ridículo” que puede resultar ello, pero sí he de decir que, mientras la fogosidad católica durante la “Semana Mayor” puede llegar a ser “chocante” para algunos, el sectarismo satánico, en todas sus manifestaciones, desde la más plana hasta la más extrema, resulta no solamente irritante, sino ofensivo hasta más no poder: perjudicial, obsceno y, por demás, peligroso.
Sí, las expresiones y procesiones satánicas son, per se, abrasivas; censurables por naturaleza, entre otras cosas porque no son otra cosa sino una apología a la oscuridad: un llamado a alabar y justificar a Satanás, a engrandecerlo y a ofrecerse a todo cuanto él encarne y represente. De extremo a extremo, perturbador. Pretender restarle valor a lo anterior, tal como lo hace el editorialista del periódico, es, a todas luces, reprochable.
Las marchas satánicas no pueden “desinfectarse” o “lavarse” así tan “olímpica” y diplomáticamente como lo hace el editor de El Espectador, bajo el rasero de la valiosa —sí— y, a la vez, tan cuestionada “libertad de expresión”. Que viva para siempre el sacro derecho a la libre expresión, sí; pero no así. No hay posibilidad de pasar por el crisol de la legitimidad e igualdad algo imposible de blanquear y acendrar, como en efecto lo es la “religión satánica”.
Hizo bien el Ministerio del Interior al salir a condenar los ataques por parte de los “satanistas” contra los feligreses. El comportamiento agresor, saboteador y provocador vino del lado de la pendenciera e impresentable horda satánica. El odio, la discriminación y la violencia marcaron el paso de la secta satánica doquiera iba avanzando, ciertamente. Y ello es algo que definitivamente El Espectador no debería pasar por alto.
Ahora bien, el que la “marcha infernal” haya incluido dentro de su diabólico repertorio gritos y manifestaciones recriminando los asquerosos abusos de la Iglesia católica no la hace menos reprobable y bochornosa. Los “peones del maligno” fueron, a todas luces, atrevidos e invasivos, y eso lo percibieron tanto católicos como no católicos.
Tampoco es tan fino lo que hay que hilar en la delicada línea de las libertades individuales y el carácter laico de la Constitución colombiana para saber que la libertad de expresión solamente debería —y tiene que ser— condicionada, limitada, en asuntos tan escalofriantes y horrendos como puede resultar un carnaval satánico o una infernal exposición, exhibición o procesión en nombre del diablo en plena “Semana Divina”, justo en el “elixir” de la Semana Santa. No hay derecho.
Fernando Carrillo Virgüez
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