El editorial del 26 de abril, titulado “Acusaciones en Palacio y un presidente desentendido”, es un claro ejemplo de periodismo de opinión que, más allá de presentar hechos, construye un relato de inestabilidad. El editorialista utiliza la estrategia de elevar las disputas internas a la categoría de crisis de gobierno, alimentando así el “chisme político” al enfocarse más en las dinámicas de poder y las intrigas que en la resolución técnica de los asuntos.
- La retórica del caos. El editorialista no se limita a informar sobre la acusación de Angie Rodríguez; utiliza un lenguaje cargado que invita al lector a imaginar una Casa de Nariño en crisis permanente. Al emplear términos como “intrigas”, “saboteos” y “escándalo penoso”, el autor no está simplemente relatando una noticia: está pintando un escenario de desorden administrativo. Este enfoque es el combustible perfecto para el rumor político, ya que traslada el debate de lo técnico a lo anecdótico.
- El “cómo” sobre el “qué”. La frase clave del editorial es: “Son más dicientes [las denuncias] por la forma en que ocurrieron que por su contenido”. Esta es una técnica astuta para difundir el chisme sin tener que probar los hechos. Al afirmar esto, el editorialista se libera de la carga de demostrar si las acusaciones de corrupción son ciertas o falsas y se concentra en la “forma”, es decir, en el drama. Es una manera de decir: “No importa quién tiene la razón; lo importante es el caos que esto refleja”.
- La instrumentalización del silencio. El autor analiza el silencio del presidente Gustavo Petro. Al señalar que el mandatario, quien suele ser muy activo en X (antes Twitter), ha guardado silencio ante este caso, el editorialista lo interpreta como una señal de debilidad o complicidad. El chisme: al resaltar este silencio, el autor sugiere tácitamente que hay algo que ocultar. La interpretación: convierte una estrategia de comunicación (o su ausencia) en una prueba de que la situación “se le salió de control”.
- El objetivo del editorialista. Este tipo de textos busca erosionar la legitimidad democrática mediante la acumulación de pequeñas dudas. Al cuestionar si el presidente está “atado por funcionarios que no tienen al país como prioridad”, el autor intenta instalar dudas sobre la gobernabilidad.
En resumen, el editorialista está haciendo periodismo de narrativa: toma piezas de información aisladas (denuncias, acusaciones mutuas, silencios) y las une con un hilo conductor de caos y desorden para que el lector no solo lea una noticia, sino que sienta que está ante el desplome de una estructura de poder. Es, en esencia, la política convertida en crónica de pasillos, donde la intriga se vuelve el argumento central.
William Pulido
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