No sé cuándo saldrá publicada esta carta, o si será publicada, pero escribo un viernes antes de elecciones. Mi madre, Dora Manrique, murió hace un mes y dudo que haya un momento más inoportuno para decirlo. Todos están pensando en las elecciones del domingo.
Escribo distinto a antes, pues me había asumido como alguna especie de científico social. Ahora, en cambio, soy un ser humano al que le duele una ausencia; alguien capaz incluso de olvidar que lo primero a lo que me quise dedicar fue el arte. A sentir.
Ayer pasé por una de las dos bellas iglesias que hay sobre la Diecinueve, cerca de mi casa en Cedritos. Allí otro hombre despedía a su madre. Se preguntaba algo como lo que estoy a punto de preguntar: ¿cómo despides a una mujer excepcional? A una arquitecta capaz de desafiar los cánones de género de los años noventa, y de luchar luego contra una enfermedad terrible durante casi veinte años.
Aquella mujer fue a verme de niño a Duitama cada fin de semana, mientras trabajaba acá en Bogotá, y creo que de ese modo hizo algo extraño. Al ir y venir tanto, se fue llevando esta ciudad de a pocos y me la regaló: la hizo parte de mí. Por eso, Bogotá es mi hogar.
Ahora trabajo en un manuscrito sobre una criatura fantástica: un animal alado que solo existe en la imaginación, cuya naturaleza tal vez alguna amiga pueda intuir. Al describirlo me valgo de esa retórica, pues si me apegara al realismo no podría abordar algo como lo que mi madre fue.
Mientras los restos de mi madre yacen en una montaña, en un jardín hermoso como ella lo pidió, siento que desde ahí auspicia lo que sucederá el domingo; porque, como Bogotá, mi madre pudo ser libre y eligió lo que quería en la vida.
Quiero que esta ciudad, el domingo y siempre, elija lo que quiera. Libre. De ese modo sabré que no ha muerto, sino que es la misma hermosa criatura que es toda mujer que hereda la gesta de miles de mujeres, como mi madre.
Gracias, mamá. Gracias a todas, y feliz día.
Ricardo Andrés Manrique Granados
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