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Una comparación asimétrica

Cartas de los lectores

19 de enero de 2026 - 12:00 a. m.

El editorial publicado el 12 de enero, al proponer una comparación entre Beatriz González y Yeison Jiménez, parte de una intención empática y comprensible: reconocer dos duelos colectivos distintos que atravesaron al país con pocos días de diferencia. El problema aparece cuando, al buscar un cierre conciliador, el texto plantea una “función cultural similar” que termina por borrar diferencias relevantes entre prácticas culturales que operan en registros distintos.

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Beatriz González desarrolló un aporte decisivo y significativo para la manera en que el arte en Colombia aprendió a pensarse a sí mismo. Desde su formación en una Universidad de los Andes entonces conservadora en su enfoque de enseñanza artística, González —junto con Camila Loboguerrero y otras creadoras— lideró una transformación profunda del campo cultural. Con el impulso intelectual de Juan Antonio Roda y Marta Traba, desde Bogotá y desde la Escuela de Arte de Los Andes se consolidó un momento fundacional del arte moderno colombiano: uno atento a la historia política, a la cultura visual cotidiana y a una mirada crítica sobre el país.

La obra de González trabajó con imágenes de la prensa, la iconografía oficial y los gestos del poder para construir una mirada incómoda y reflexiva. Su práctica propuso distancia y pensamiento, más que acompañamiento emocional. En lugar de afirmar identidades, abrió preguntas sobre la relación entre imagen, violencia, Estado y memoria. En ese sentido, más que narrar a Colombia, puso en evidencia sus silencios y contradicciones.

Esta singularidad fue reconocida por Luis Caballero, artista de su misma generación, quien se refirió a Beatriz González como la artista verdaderamente colombiana, una valoración recogida en la exposición permanente del Museo Nacional de Colombia. No se trata de una exaltación identitaria, sino del reconocimiento de una obra capaz de pensar el país desde sus propias imágenes, tensiones y heridas, sin concesiones ni idealizaciones.

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La comparación se vuelve problemática cuando, en nombre de los “sentires populares”, se equiparan funciones culturales distintas. Expresar emociones compartidas desde la música popular es legítimo y necesario. Construir una obra que incomoda, interroga y deja preguntas abiertas cumple otra función. Señalar esta diferencia no es elitismo ni desdén: es evitar una comparación asimétrica que, al intentar unir, termina por desdibujar aquello que hace valiosa a cada práctica cultural.

Germán Ramírez, arquitecto.

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