En la vida ordinaria –la suya y la mía, querido lector– existen tiempos concretos para cosas concretas. Hay tiempo para estudiar, trabajar, descansar, ir al gimnasio, arreglar el carro o pintar la casa. Incluso hay tiempo para hacer cosas de las que después nos arrepentimos. La vida del campo lo enseña con sabiduría antigua: sembrar en menguante, cosechar en creciente, podar en el momento justo. Son ritmos que no cambian fácilmente porque responden a una lógica profunda. Pues bien, también la vida espiritual tiene sus tiempos. Y uno de ellos es la Cuaresma.
Muchas personas asisten ese día a la iglesia incluso con sus mascotas, deseando que también ellas sean signadas, quizá con la idea de que así “les irá mejor”. Pero el sentido de la ceniza no es atraer suerte ni proteger como amuleto; es provocar conciencia. No habla de destino ni de fortuna, sino de conversión. No es un gesto mágico para que todo salga bien, sino un llamado serio a cambiar el corazón.
Pero, ¿y qué significa convertirse? Aquí conviene hacer una aclaración teológica sencilla, para gente como usted y como yo. La conversión no apela solo a lo externo, como si fuera un reto moral de 40 días que hay que hacer delante de un ojo triangular que nos mira. No es únicamente “portarse bien”. En la Escritura, convertirse implica un cambio de mentalidad, una renovación interior, creer que la vida y las cosas pueden ser de otra manera. No lo digo yo, lo dijo San Pablo, el perseguidor, el adúltero, el orgulloso, el asesino de cristianos, que luego seria el Apóstol grande de Cristo: “No se acomoden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es bueno, lo que agrada a Dios, lo perfecto” Rm 12:2. Convertirse es aprender a mirar la realidad con otros ojos, a pensar distinto, a ordenar el corazón, y esto es tarea de todos. Mía y suya, de los que creen y de los que no, tarea del cura y del fiel, tarea del adulto y del joven.
Y aquí entra la fe, que no es emoción religiosa ni costumbre heredada; es actitud frente a la vida. Es ponerse en camino aun sin tener todas las respuestas. El ejemplo clásico es Abraham, cuando Dios le dice: “Sal de tu tierra… hacia la tierra que yo te mostraré” Gn 12:1. Y el texto añade de una manera muy linda que salió sin saber adónde ir. Esa es la fe, querido lector: dar un paso cuando la vida te lo pide, iniciar una conversación pendiente, decirle a alguien que le amas con todo el corazón o que, por el contrario, ya no te gusta y prefieres no hacer más daño, asumir una responsabilidad, tomar una decisión valiente aunque no tengas el mapa completo. ¿Qué te pide Dios hoy, a dónde quiere que vayas?
Tal vez usted no se considere creyente, o no practique el cristianismo. No importa. La Cuaresma no es solo para los “religiosos”, es para la gente de carne y hueso, que algún día será polvo, y esos somos todos. Si estos 40 días nos ayudan a ser más conscientes, más libres y más auténticos, entonces habrán servido de algo. Y eso, crea usted o no en Jesús, ya es un buen comienzo. ¡Que Dios nos ayude!
Luis Alfredo Cortés Capera
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com