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Seguro ya existen muchas columnas de este tipo, pero creo que nunca sobra una más; siempre hay que defender lo que uno cree “hasta que la razón y la experiencia le enseñen a uno lo contrario”, como diría Daria. ¿No les ha pasado que se sientan a ver X, Instagram, WhatsApp o simplemente acuden a una comida con amigos o familia y siempre hay un experto en el tema de moda? Qué ignominia, ¿no? Porque la mayoría de las veces el único mérito de una persona para ser experto en un tema es tener libertad de opinión. Solo eso; nada de pregrados, décadas de experiencia, posgrados, preparación y análisis profundos. No, solo por el hecho de tener un teclado o voz.
Creo que esto solo nos refleja una cosa: se ha perdido el valor del silencio. ¿Cuándo fue la última vez que escucharon un “no opino de eso, no tengo información suficiente”? ¿Cómo llegamos al punto en el que, por ver un par de videos en TikTok o, en el mejor de los casos, leer un artículo, ya nos volvemos expertos?
Que se lo pregunten a los nuevos PhD en macroeconomía que se cuentan por cientos de miles en X hablando sobre el salario mínimo, la inflación y por qué el aumento en la administración para pagar mejor a los guardas nos lleva al abismo. O quizás a los recién graduados de politología con énfasis en relaciones internacionales, que entienden las jugadas de la geopolítica como si de un Magnus Carlsen en sus mejores años de ajedrez se tratara. O los del “fue culpa del piloto porque estaba mirando el celular”, que conocen la aerodinámica, motores, mantenimientos, protocolos y demás de la aviación tras tragedias como la de Yeison Jiménez; esos sí que se cuentan por millones (esto quizás sí sea porque viajaron a Cartagena en avión alguna vez).
Y es que esa bendita necesidad de opinar de todo, de siempre tener algo que decir porque de lo contrario no nos sentimos parte de algo. Fomo, le dicen ahora, eso nos hace navegar por mares distintos cada semana, donde cada uno de ellos tiene la profundidad de un plato de sopa. Me da verdadera flojera tener que sufrir, en cualquier lugar o momento, una explicación no pedida del porqué de lo que pasa cada día. Como si todo fuera algo que ocurre, se juzga y se concluye en un par de horas (quizás por eso ya nadie lee). Qué pereza tener que esperar más de un día para ya tener una opinión, ¿no?
No creo estar solo en esto; por eso escribo esta columna para convocar a los que creemos que decir “no sé” y “no quiero saber” es valioso, o a los que entienden que el silencio a veces es la mayor virtud que podemos tener. Los invito a escuchar un poco más y hablar un poco menos, no solo en redes o en la política, sino también con sus seres amados. Estoy seguro de que hallaremos la paz cuando no sea el ruido lo que nos aturda; seremos más humanos y un poco menos pretenciosos.
Daniel Santiago Leguizamón Figueroa
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