Esta semana viví una situación incómoda y a la vez divertida, producto de una mentira mal dicha y torpemente construida. Fue pronunciada por uno de mis colegas, y me dejó pensando: ¿por qué mentimos y cómo nos justificamos? No doy nombres, no es cuestión de ajustar cuentas, sino de reflexionar sobre algo que en menor o mayor grado todos hemos hecho alguna vez. La mentira es común, pero a la larga nos hace ver mal.
Es curioso que la mentira rara vez se presenta desnuda. Casi siempre llega envuelta en explicaciones amables y hay varios ejemplos. La más frecuente es la mentira piadosa, esa que parece insignificante, casi inofensiva. Sirve para salir rápido de un apuro, justificar un retraso, evitar una incomodidad. Es pequeña, difícil de descubrir y, por eso mismo, peligrosa: porque nos acostumbra a pensar que la verdad es negociable cuando “no pasa nada grave”.
Luego viene la mentira mediana, más elaborada y con consecuencias visibles. Ya no se trata solo de omitir o adornar, sino de construir una imagen falsa de uno mismo. Es la mentira de la apariencia: decir ser lo que no se es, ocupar un lugar que no corresponde, presentarse como jefe cuando en realidad se es empleado. Aquí la gravedad aumenta: se rompen relaciones, se pierden amistades y hasta la confianza, porque una vez fracturada rara vez se recupera del todo.
Finalmente está la mentira grave, dicha con plena conciencia y consentimiento. No es improvisada ni ingenua. Tiene poder, intención y efectos devastadores. Puede destruir reputaciones, arruinar vidas e incluso llevar a la muerte de alguien. Ya no es solo una falta moral: es delito. Y muchas veces termina con consecuencias legales, cárcel incluida. La Biblia, en el libro de los Reyes lo muestra con crudeza en el caso del rey David, cuya cadena de mentiras terminó costándole la vida a un pendejo llamado Urías. Y así muchos casos que usted, estimado lector, y yo bien conocemos.
Tal vez por eso aquella mentira de esta semana me hizo reflexionar. Me recordó que nadie está exento de mentir, que todos hemos caído en ese juego alguna vez. Me y te pregunto: ¿en qué nivel de la mentira te encuentras hoy? Ojalá podamos ser conscientes de que nadie es tan ingenuo como para creer siempre las mentiras que queremos decirle. No creamos que es un imbécil o un tonto, quizá eso duele más que la mentira en sí. ¡Feliz semana!
Luis Alfredo Cortés Capera
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