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En la semana pasada tuvimos referencia de dos mujeres que se han destacado en ámbitos diferentes: la política, con Aída Merlano, a quien la edición dominical de El Espectador (25-03-18) le hace un despliegue amplio para inmortalizar su ascenso y descenso por los caminos de la corrupción, amparada por reconocidos apellidos de la rebobinada corrupción en la región Caribe. En el ámbito académico se registra con menos despliegue el nombramiento de la primera rectora de la Universidad Nacional en 150 años, que recayó en la científica Dolly Montoya. Me gustaría que la gran prensa dedicara un amplio reportaje a esta gran señora de la universidad, que con su ejemplo y tenacidad llega a un cargo de tanta importancia para la vida nacional, ella sí por sus méritos propios y producción académica encomiable, con los que logra conquistar al consejo superior.
Es una necesidad que la opinión pública conozca el tejemaneje de las prácticas electoreras, bien conocidas por las autoridades, por tratarse de unos ejercicios tan archifamosos, no sólo en Barranquilla, sino en un amplio sector de la geografía colombiana; con la única novedad de que la Fiscalía ahora tiene un nombre propio, pero en todas partes existen aídas merlanos, hombres y mujeres. Eso sí, nadie se atreve a denunciarlos, pues se pone en peligro la integridad física del denunciante y de su familia, y además se genera la ya consabida persecución política, hoy conocida como acoso laboral.
Pero lo que realmente quería resaltar es que cuando se piense en la equidad de género para cargos y liderazgos en las diferentes actividades de la sociedad, se lo haga sopesando ante todo las calidades y cualidades de la mujer que se quiere elegir, aplicable, obviamente, para hombres. No por el simple hecho de ser mujer se tiene derecho a que se ofrezcan oportunidades para escalar. Ahí tienen a la Merlano, que si bien viene de unas circunstancias difíciles, su esfuerzo se ve ennegrecido cuando consigue “ángeles de la guarda” de la categoría de esos innombrables de Barranquilla, que abundan en todo el país, tanto y más que los guerrilleros y paramilitares. Son casi igualitos. Así, para qué la llegada de las mujeres a las altas esferas de los poderes del Estado, si van a continuar con la corrupción masculina. Se siente vergüenza ajena.
Gracias a Dios el nombramiento de la doctora Dolly Montoya nos reconcilia con la vida, porque también es necesario destacar que como ella existen muchas mujeres en el sector universitario con mínimas o nulas posibilidades de alcanzar un rectorado universitario. Pero la doctora Montoya ha abierto el camino, especialmente para el sueño de niñas, adolescentes y jóvenes que a través de la ciencia puedan contribuir a la paz de este país.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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