Hace algunos días, María Camila Fonseca (@macafolla), abogada y creadora de contenido, se ha visto inmersa en una polémica gracias a su personaje Micky Ávila (@micky.desinforma). En medio de un espectáculo llamado “La Mega cárcel”, Micky habla de manera descarnada de los 18.677 niños, niñas y adolescentes reclutados por las FARC-EP entre 1971 y 2016 (según datos de la Jurisdicción Especial para la Paz-JEP).
Entre quienes la apoyan, el argumento se basa en que Micky es un personaje satírico y que esa forma de abordar el tema retrata la manera en la que los personajes que retrata “Micky” ven a esos niños. Entre quienes la atacan, el argumento es que hay que respetar y que un tema tan delicado no debería generar risa.
Creer que podemos recordar nuestros traumas colectivos por medio del humor resulta impensable. ¿Cómo nos vamos a reír de aquello que nos duele? No obstante, no es tan descabellado. El humor, al ser una manifestación artística y colectiva, tiene la capacidad de ser un artefacto de la memoria, una manera de traer el pasado al presente y debatir sobre él.
Si bien recordar desde el humor no es algo nuevo, hay un auge gracias a la irrupción de nuevos formatos para hacer comedia. Por ejemplo, en 1973 Jonny Buchardt en el “Cologne Carnival”, haciendo una dinámica con el público, logró que los espectadores repitieran el saludo Nazi. El chiste tenía un mensaje mucho más profundo que el Sieg Heil. Tenía la misión de poner la lupa sobre cómo el impacto del nazismo seguía vigente en el imaginario colectivo de la Alemania de posguerra.
El arte, en general, al estar sujeto a la interpretación del espectador es propenso a generar otras interpretaciones. En el arte el recuerdo necesita estar atado a un “referente y contexto” para guiar al espectador. Es por eso que hay quienes defienden a Marría Camila y quienes la atacan, porque algunos pueden tener los referentes del personaje, la obra y la misma María Camila, pero otros tienen otros referentes, incluso como víctimas mismas de reclutamiento forzado.
El debate no solo se encendió por tratarse de “humor”. La cifra de los 18.677 niños ha estado sometida a lo que Tzvetan Todorov cataloga como abusos de la memoria. Este caso concreto me permite identificar dos: 1) El recuerdo visto como algo sacro y literal y 2) El recuerdo instrumentalizado y manipulado. Ambos son considerados abusos de la memoria, pues, en vez de usar el recuerdo para aprender lecciones (memoria ejemplar), lo usa desde su literalidad, volviéndolo intocable e incuestionable. Todo esto a la par de que lo aprovecha para promover determinadas agendas.
Esta cifra tan dolorosa fue utilizada en campaña manipulando e ignorando en muchas ocasiones contexto, información adicional y aclaraciones. No interesa ahondar más allá, interesa convertir el recuerdo en algo que no se puede cuestionar o abordar desde una óptica “no apta”.
El humor siempre va a ser un medio que genera debate a la hora de ser usado para hablar de la guerra. Estos debates son sanos y apropiados, pues el recuerdo y la memoria colectiva son campos en constante disputa que se alimentan de las diferentes formas y medios de recordación.
No será la última vez en la que el humor hable de la guerra en Colombia. Por el momento, un chiste nos ha vuelto a recordar que 18.677 niños, niñas y adolescentes fueron reclutados desde 1971 hasta 2016 y que, muchos de esos niños, son los firmantes a los que hoy tanto se rechaza y estigmatiza.
Esteban Duque
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