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Cuando se muere un amigo

Cartas de los lectores

03 de junio de 2026 - 12:03 a. m.

Recuerdo la tristeza con la que mi padre me contaba cuando se le moría un amigo; era una tristeza muy distinta a la relacionada con la muerte de un familiar. De cierta forma, era menos sufrida, pero más reflexiva; de cierto modo –quizás porque en el familiar reclamamos una injusticia–, a los amigos los asumimos más rápido.

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Hace unas horas vi la publicación de un amigo al que no veía desde hace tiempo; publicó una foto de aquellas últimas veces que lo vi. Me detuve. En la caption se estaba despidiendo de alguien del combo. Acudí a confirmar la información. Para mi desgracia, era cierto.

Debía tener 22 ó 23 años y debía estar terminando su carrera. La última vez que lo vi era muy certera mi convicción de que nos volveríamos a ver, así tomara mucho tiempo. Era de esos amigos con los que uno pasa mucho tiempo sin hablar, pero que, cuando la comunicación se da, es grato saber de sus vidas.

Creo que ahora puedo entender mejor eso que antes solo percibía. La muerte de un amigo es como un amargo y rápido trago que se queda suave en la garganta, ardiendo. Sin duda, lo deja pensando a uno. La mente siempre busca un mal pensamiento, al menos una culpa: un “¿por qué no le escribí?”, aunque igual siempre he sido bueno lavándome las manos de ese tipo de culpas. Pero eso solo me hace afirmar algo: debemos querer con el corazón y vivir con expectativa hacia lo inesperado. Siempre he intentado decirles a mis amigos lo mucho que los aprecio y lo importantes que son para mí. Porque la vida se basa en memorias, y las compartidas son mejores.

Es un golpe fuerte saber de alguien tan joven que muere; siempre pensé que nos volveríamos a ver y revivir todas las historias que vivimos desde la memoria. Pero, para estar vivos, se tiene que estar dispuesto a morir; hay que vivir lo más felices que se pueda porque, al menos yo, no me quiero morir amargado.

Yo creo que cuando se muere alguien cercano, se le muere una parte a uno: un consciente de lo vivido, un testigo de la memoria. La memoria, cuando se vive en comunidad, se convierte en una especie de rompecabezas; cuando la comunidad se divide, cada integrante guarda una pieza y solo la unión puede hacer que la memoria se reintegre por completo. Por eso uno se muere un poco, porque solo queda lo que una memoria pueda recordar vagamente. Y sin recuerdos, sin imágenes, sin fotos, sin audios, no hay más formas de recordarlo que acudir a esa frágil habilidad que tenemos los seres humanos.

Cuando se muere un amigo, se muere y se fragmenta la memoria; se mueren recuerdos que su memoria se lleva a la tumba. Recuerda uno, pero ya con tristeza, lo que le haya quedado.

Valentín Valois Castillo

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