Dedicado a la doctora Helena, el jefe Rafael, el auxiliar Iván y al personal del Hospital Universitario Nacional de Colombia, a quienes debo mucho más que una disculpa
Incluso en 2024, fue noticia cómo en Alemania la nostalgia no solo sostiene al pujante mercado del fútbol. Como si no fuera vecina de la melancolía, la nostalgia también mantiene pequeñas economías basadas en marcos alemanes, en lugar del poderoso régimen del euro. Conservando unos cuantos marcos, monedas o billetes alemanes de antes de la gran reunificación germana al sistema europeo, una parte de la nación bávara se sustenta por fuera de aquel régimen hipertecnificado que persigue la hegemonía de la posmodernidad. Han podido salvarse así de esa moneda que es un dato, y no un contrato con un territorio: la moneda original.
Ese marco alemán tan cercano a la palabra –tanos, abreviación de la palabra latina tánatos, que en las Américas asociamos con la muerte por Disney–, nos dirige a su equivalente mitológico que es Plutón: síntesis de la riqueza, la muerte y el poder de Occidente, creado con el sacrificio de eras. Desde esa vieja necropolítica, se nos deja considerar así un régimen nunca enteramente extinto: el resquicio económico de una dictadura del proletariado que se extendió curiosamente por la Alemania capitalista. Un Caín y Abel retrógrado donde en lugar de traicionar a su gemelo, Caín salva y redime su opuesto: idea que a Colombia y el Sur Global llegó desahuciada.
Distinto del amor y la muerte que se posó en esa Alemania que resistió los embates de la historia de esa convivencia de euros con marcos, de Venezuela nos llegaron los bolívares con los cuerpos de la primera ola de venezolanos desplazados por la paupérrima réplica latinoamericana de la dictadura del proletariado europea. Con ellos, llegaron profesionales altamente capacitados en temas como la salud, que robustecieron nuestra economía en los últimos años. Era como si al regalar sus bolívares pagaran por su propio valor en papel: despacio, sufriendo, con dolor. Humillados y ofendidos.
Ahora que Venezuela se aproxima a la dolarización total por la ambición imperial gringa, este relato económico nos sugiere preguntas relevantes. ¿Qué es diferente con el bolívar que fue alguna vez emblema de una economía petrolera pujante como la de Venezuela? ¿Será que en el nombre del marco está la esencia del valor perdido como sucede en el nombre de la rosa? ¿Por qué aquel país europeo sí funciona, y nuestro vecino… no? ¿A qué obedece cómo aquí se vino a emplazar como ideología dominante ese sueño puesto en el nombre de un hombre más vicioso que virtuoso, como lo fue Simón Bolívar? ¿Está esa muerte sin nombre todavía tan hambrienta como para devorarnos a todos?
Hablamos del Socialismo del Siglo XXI; un falso emblema, réplica y simulacro que se ha tomado Venezuela y parte de Latinoamérica. Y aunque la deuda que Venezuela recién adquirió con Occidente es cercana a impagable, quizás estamos a tiempo de remediarlo todo, si y solo si espantamos la guerra fratricida de estos pueblos. Si y solo si nos salvamos de xenofobias y chauvinismos como los que casi nos invaden. Si y solo si elegimos a alguien que no sea un sicario moral, como Paloma Valencia o Sergio Fajardo.
Alejaremos el fantasma de la pobreza que acecha nuestros territorios. Abrazaremos nuestra abundancia, lógica apenas en un territorio tan rico, que incluso los deconstructivos de la geopolítica admitimos como soberano. Pues en Colombia sabemos que estamos perdiendo cuerpos: pero no daremos nuestras almas al diablo.
Ricardo Andrés Manrique Granados
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