Leo sobre un sindicato –gente noble, sin duda, y con motivos de sobra para estar de mal humor– que acaba de declarar la guerra al Gobierno de turno en nombre de la soberanía. Y para probar que la soberanía está en peligro, señala, como siempre, hacia el norte. No hay pereza intelectual más cómoda que culpar al imperio: es gratis, no requiere pruebas, y funciona lo mismo si el imperio interviene que si no interviene. Si invade, es imperialismo, si no invade, es imperialismo silencioso; esa es la única religión del mundo que no puede ser refutada, porque fue diseñada para no serlo.
Es de considerar que un país adulto no grita «libertad», sino que la ejerce, y ejercerla es aburrido porque significa negociar, exigir condiciones, leer la letra pequeña de los contratos, y hacer preguntas incómodas al propio gobierno antes que al ajeno. Que Estados Unidos tiene intereses en Colombia, ¡vaya noticia!. También los tiene en Texas, y en la Luna, si pudiera llegar; que una potencia busque ventaja es su oficio, como el mío es contar mentiras que parecen verdades; pero el escándalo está en preguntarse qué se negoció, qué se ganó, qué se entregó y quién firmó, porque mientras se denuncia al imperio con un puño en alto, con el otro se le pide inversión, tecnología y cooperación, y si es así, es como maldecir la lluvia mientras se riega el jardín con ella.
He conocido países que prefieren ser víctimas antes que responsables, porque al parecer les resulta más cómodo; ya que no exige reformas, no exige instituciones, no exige mirar al ministro, al alcalde, al sindicato o al espejo. Basta con señalar a Washington y el examen de conciencia queda pospuesto para el año entrante.
Sin embargo –permítanme la herejía– el peligro no es el imperio del norte, sino el pequeño imperio que nace adentro cada vez que alguien convierte una consigna en verdad irrefutable, porque en cuanto el imperialismo deja de discutirse y empieza a recitarse, aparece su primo hermano, el que decide quién es patriota y quién es sospechoso, y ese primo es mucho más peligroso, porque vive puerta adentro.
Lo que hay que proponer es que el gobierno sea juzgado por su presupuesto, por sus decisiones y por sus alianzas, con la severidad que merece cualquier poder, pero juzgarlo en serio requiere algo muy distinto a invocar fantasmas imperiales; requiere memoria, cifras, veeduría y paciencia porque al final, la soberanía es una capacidad que se ejerce en las oficinas, en los contratos o en las urnas, pero no en discursos incendiarios.
Colombia no necesita otro enemigo extranjero, ya tiene, como toda nación históricamente golpeada, suficientes enemigos domésticos, la pereza, la corrupción, la desmemoria y esa costumbre tan humana de preferir un culpable lejano a una responsabilidad cercana. El día en que este país deje de preguntar quién lo domina y empiece a preguntar cuánto es capaz de decidir por sí mismo, habrá dado el paso hacia la independencia, lo demás, me temo, es retórica, y de retórica sabe más el diablo que nosotros.
Sebastián Galvis Arcila
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