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El diablo se viste...

Cartas de los lectores

04 de agosto de 2026 - 12:00 a. m.

Esta no es una columna de opinión más sobre el acoso sexual, tan en boga “últimamente”. Es un “faro” puesto con luz extendida sobre la humanidad del acosador crónico. Del acosador nato. “En toda familia hay un acosador”, se escucha decir constantemente; en toda empresa y cualquiera sea el círculo laboral, también seguramente. Sector educativo, salud, institucional, público, privado. He conocido de primera mano tipos que parecen caníbales cuando una mujer se les pasa por el frente. Cuando la tienen cerca. Cuando la huelen, a 100 metros de distancia. Auténticos “depredadores”.

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Un alto “ejecutivo” de una firma en la que trabajé varios años, no saludaba de beso a las mujeres de la empresa, las “mordía” prácticamente. La repulsión que en ellas causaba era feroz. Y más aún, obvio, sus directas subalternas vivían asqueadas. Aún así, el tipo, entrado en años ya, era “buena gente” y fundamental para el crecimiento del bufete. Hacía que la empresa facturara, era un gran “vendedor”, los rumores del acoso, para las directivas, pasaban a un segundo plano. Los ejemplos y casos abundan. Otro sujeto, “pulpo” acreditado en el lugar de trabajo, era de una melosería salvaje con cuanta mujer se le atravesaba. “Manilargo”, coquetón empalagoso, zalamero adulador casi que extorsivo, se relamía cada vez que una compañera de trabajo rozaba su extensa y pegajosa red. Elegante, bien presentado, pero toda una babosa urticante para ellas.

Alguna vez, una compañera se refirió a él como “una larva (de gusano) que no había evolucionado”. Quizá por el espumajo que votaba por su hocico cada vez que la veía, no sé. Vergonzoso.

Así que hoy el dedo se pone nuevamente en la llaga del enfermo asediador, del caníbal refinado, con garbo y estilo, morboso zalamero, libertino y profesional de las apariencias. Todo un doble vida desenfrenado.

Es más, conocí un caso muy singular, un mando alto de una prestigiosa “multinacional”, que tenía no solamente una muy marcada doble vida, sino un apartaestudio exclusivamente adaptado para, no solo albergar a las mozas de turno, sino que le servía como exclusivo ropero para atrapar más fácilmente a sus víctimas “foráneas”.

Me explico, en casa vestía con trajes de bajo costo, y afuera portaba Ford, Gucci, Ermenegildo Zegna, Saint Laurent y otros. Y, claro, en sus capturas dejaba su botín impregnado de Dior, Armani, Chanel, Rabanne y Versace. Un animal con clase.

Porque, ciertamente, muchos de esos especímenes en el “hogar” son padres y esposos ejemplares, pero en la oficina son langostas, clásicos “diablazos vestidos de Prada”.

Fernando Carrillo

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