El doble sentido es una figura literaria en la que una frase puede ser entendida de dos maneras, un buen ejemplo son los populares piropos, como el ya gastado “Qué curvas y yo sin frenos”, que por un lado se refiere a la anatomía de la mujer colombiana, pero por el otro, supongo, se refiere al mal estado en el que se encuentran las vías.
Otro ejemplo claro es la política, donde todo el tiempo se utiliza el doble sentido, como cuando el expresidente Álvaro Uribe dijo que Andrés Felipe Arias era un “preso político”, que por una parte podría significar que el exministro estaba preso porque sus ideas suponían un desafío para el sistema político, que no creo, ni nadie cree, y que por la otra, en el sentido literal de la frase, podría significar simplemente que el exministro era un vil y ruin político que estaba en la cárcel, o sea un “político preso” no un “preso político”, que ahí sí tendría toda la razón.
Me pregunto: ¿Por qué será que nos gusta tanto hablar en doble sentido?, ¿por qué tendremos esa bendita “maña” de ocultar las cosas tras un juego de palabras? La verdad, no tengo ni idea, pero sí quisiera aventurarme a decir algo: diría que se debe a que por años hemos escuchado cientos de discursos políticos en los que se dice una cosa y tristemente termina siendo otra. Eso nos ha acostumbrado no sólo a no ser claros, sino a olvidarnos de ponerles sentido común a las cosas, de ahí que nos causen gracia en vez de repudio todas las burdas letras de reguetón que hablan en doble sentido de fugas de gas y de agua y de ver gas o ver gotas, o que no nos inmutemos ni siquiera cuando las Farc se autodenominan internacionalmente —en doble sentido— como “el ejército del pueblo”, cuando todos sabemos que no son más que el ejército del narcotráfico. Ojalá el mundo le metiera algo de sentido común a esto, así a todos les sería más fácil descubrir lo que realmente son las Farc, unos simples y vulgares matones.
La verdad es que no sé en qué momento cambiamos el sentido común por el doble sentido, lo cierto es que ya estamos untados hasta la nuca, tanto así que hace unos días me preguntaron: “Oye, ¿me enviaste el archivo?”, y respondí con malicia: “No, pero ya te lo mando”.
Diego Ortiz Gallego. Bogotá.
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