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Colombia va a discutir otra vez si la vida comienza desde la fecundación. Pero antes de tomar partido, vale la pena hacer una pregunta que nadie hace en los platós ni en los púlpitos: ¿quién traza la línea de lo moralmente aceptable, y por qué esa línea siempre coincide, casualmente, con lo que le conviene a quien la traza?
Porque no existe eso que llamamos “moral universal” flotando en el aire, esperando a que la descubramos. Lo que llamamos moral es, casi siempre, el acuerdo que le sirve a quien tiene el poder de imponerlo en un momento dado. La esclavitud fue moral mientras enriqueció a los dueños de esclavos. Dejó de serlo cuando dejó de ser rentable y empezó a ser vergonzosa. La mujer no votaba porque a los hombres que hacían las leyes les convenía que no votara. La línea no se movió porque alguien descubrió una verdad escondida, se movió porque cambió quién tenía la fuerza para moverla.
Con el aborto pasa exactamente lo mismo y es hora de decirlo sin eufemismos.
Cuando el Estado, la Iglesia o el Congreso deciden cuándo empieza la vida, no están revelando una verdad biológica ni teológica indiscutible. Están decidiendo, con el lenguaje del derecho, a quién le pertenece el cuerpo de una mujer.
Esa es la pregunta real detrás del nuevo proyecto de acto legislativo, no es cuándo comienza la vida, es quién tiene la autoridad para decidir qué hace una mujer con lo que ocurre dentro de su propio cuerpo. Disfrazar esa pregunta de debate científico o jurídico es la primera cortina que hay que correr.
Pero aquí viene la parte que incomoda a los dos bandos por igual: los defensores de la despenalización tampoco pueden esconderse detrás de la autonomía absoluta como si fuera una verdad evidente por sí misma. Decir “mi cuerpo, mi decisión” no resuelve el hecho biológico de que, en un embarazo, hay dos organismos involucrados, uno de los cuales no puede opinar. La autonomía es un valor que también inventamos, que también decidimos defender, no una ley de la física. Ambos bandos actúan como si su convicción fuera un descubrimiento y no una elección. Ninguno lo es.
Lo que de verdad revela este debate es algo más incómodo que la biología o la teología: que las sociedades no se organizan alrededor de la verdad, sino de acuerdos temporales que después defendemos como si fueran eternos. Y esos acuerdos cambian cuando cambia el balance de poder entre quienes los sostienen.
Hoy la línea se mueve porque hay más mujeres en el Congreso, más movilización social, más visibilidad de la violencia sexual. Mañana podría moverse en sentido contrario si cambia quién tiene la mayoría. Nada de eso tiene que ver con que hayamos encontrado, por fin, la respuesta correcta.
Esa es la verdad que ninguna consigna quiere admitir: no estamos discutiendo el bien absoluto. Estamos discutiendo quién impone su versión del bien, con el lenguaje prestado de la ciencia, del derecho o de la fe, para no tener que decir en voz alta lo que realmente está en juego: poder sobre el cuerpo de otro ser humano.
El día que dejemos de fingir que defendemos verdades eternas y admitamos que estamos negociando poder, dejaremos de gritarnos consignas y empezaremos, por fin, a legislar para personas reales. Mientras tanto, seguiremos llamando moral a lo que en realidad es, simplemente, quién manda.
Diego Navarro
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