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El tarugo

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08 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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En nuestras familias hay historias inolvidables, por medio de ellas se comparte el conocimiento y se implanta la enseñanza. Casi que por regla general, ese rol lo cumplen los abuelos. En mi familia, en específico, mi abuela materna. Ella demuestra su afecto por medio del consejo. Es aquí donde nace esta historia. Como pueblerina tuve que ir a la ciudad a cumplir con mis estudios, y es normal entre universitarios sufrir de mal de amores.

Tenía tan normalizado el no sufrir por esos temas, que se me hizo fácil decirle a mi amiga que estaba en un mar de lágrimas que lo que ella tenía no era nada más que un tarugo mal tratado. Mi amiga soltó una carcajada. Pensé que me había entendido, pero en realidad se estaba riendo y me dijo:

—Otra vez tú con tus palabras de pueblo.

Por un momento me quedé pensando y caí en cuenta que no todos conocen qué es un tarugo y lo confunden con estar deprimidos. No soy psicóloga ni sé mucho sobre esa rama, lo que les vengo a contar nace simplemente de la experiencia.

Crecí en un pueblo rodeada de familia bastante numerosa, lo curioso es que todos llevan pocos años de diferencia, entonces casi siempre los problemas eran los mismos: malos entendidos, rabias y mal de amores. Mi abuela, como matriarca de la familia, sabe muchas cosas porque por más malgeniada que sea la señora, sus consejos están llenos de sabiduría. Y aunque más de una vez se enojaron con sus palabras, siempre terminaban regresando para admitir que tenía razón. Pero, en mi memoria quedó marcado el momento en que mi abuela formuló a uno de los primos más problemáticos de la familia, y recuerdo que exactamente le dijo:

–Llore lo que tenga que llorar, que lo que usted tiene es un tarugo que lo va a matar.

Las risas de los que estábamos presentes no se hicieron esperar, y más de uno se preguntó ¿qué es el tarugo? En palabras de mi abuela es una cosa en la garganta que no deja comer ni respirar, hace que hasta el agua que uno se manda sea amarga, envenenando el estómago y le hace presión al corazón. Tanta es la presión que la persona que está sufriendo de tarugo vive, que siempre tiene ganas de llorar, porque es como si le doliera algo entre el pecho y la espalda pero no sabe exactamente qué es.

Pero el tarugo tiene sus matices. No todas las veces se da por mal de amores, sino que también se puede dar por aguantar tantas rabias. En palabras de mi abuela, lo que sucede es que la lengua se hizo para hablar y quien no habla y se guarda sus palabras se va armando un nudo en la garganta. Con el tiempo, ese nudo se torna amargo y pesado y va secando a la persona. La única forma de pasar el tarugo es hablando, contarlo todo, no guardarse nada. A veces puede venir acompañado de lágrimas que pueden dejar secas a las personas y con eso muere el tarugo, porque ya no hay nada que lo alimente.

Tal vez en el pueblo nunca usamos términos psicológicos ni explicaciones académicas, pero mi abuela lo tenía claro desde siempre; lo que no se habla, se queda en el cuerpo y lo que se dice, por más que duela, empieza a sanar.

María Camila Troncoso, Piedras, Tolima

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