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2 Sep 2020 - 5:33 p. m.

Réplica a Salomón Kalmanovitz

Frente a la columna de Kalmanovitz, en lo que concierne a “Duque y la Universidad Sergio Arboleda”, me dijo un compañero sergista, parafraseando a Winston Spencer Churchill: “Si te detienes en el camino a tirarle piedras a cada perro que te ladra, nunca llegarás a tu destino”.

No obstante lo anterior, en el camino, a veces nos toca detenernos no para lanzar una piedra, pero sí, para darle un garrotazo a ciertos “perros” de raza violenta, agresiva, que salen a causar daño y a alterar la paz de los transeúntes.

El escrito de Kalmanovitz, además de vil, deleznable y falaz, no deja de ser sino una apología al resentimiento, al odio y a la lucha de clases.

Vilipendia a don Sergio Arboleda por ser un “hacendado esclavista caucano que defendió con las armas la institución de la que dependía su riqueza”. ¡Por Dios! El señor Kalmanovitz, quien se precia de ser economista e historiador, desconoce acaso que la esclavitud fue un sistema económico imperante durante siglos, hoy superado, claro está.

Esclavos, tuvieron todos. El Libertador, por ejemplo, en la Hacienda San Mateo, fue criado por una esclava, la negra Hipólita. El padre de Bolívar, el coronel Juan Vicente Bolívar, fungió como alto oficial del Ejército realista. El Hombre de las Leyes, Francisco De Paula Santander, en su hacienda en Villa del Rosario en Cúcuta, también los tuvo. Hasta el país de la libertad y la democracia no fue ajeno a tal sistema económico. Sin embargo, lo anterior no es óbice para desconocer la obra humanista de Sergio y Julio Arboleda y Pombo.

Es inaceptable, como improbable, que don Sergio Arboleda fuera un defensor de la esclavitud, al menos, en su obra “La República en la América española”, no existe un solo vestigio de la bajeza afirmada por Kalmanovitz. En cambio, en la personalidad de don Sergio Arboleda sí existen fundamentos irrefutables que lo caracterizaron como un gran conservador, un católico consagrado y un gran humanista e historiador, razón por la cual, nuestra alma mater, con honor, lleva el nombre de tan ilustre colombiano.

Ahora bien, si hay algo que caracteriza a la Universidad Sergio Arboleda es su total arraigo a la moral y a las buenas costumbres, fundada bajo unos principios cristiano-católicos, donde el eje central de toda su filosofía de vida es Cristo, como piedra angular, y el ser humano como reflejo de aquel, razón por la cual, para nosotros los egresados, el respeto a los derechos humanos es nuestra premisa mayor.

En su amarga frustración y su odio visceral, enfrenta Kalmanovitz, con cifras “chimbas”, en palabras de un exvicepresidente, a dos universidades: la Nacional y la Sergio Arboleda, desconociendo que el fundador y primer rector de esta última, nuestro maestro, Dr. Rodrigo Noguera Laborde, fue decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional, profesor durante 49 años de la Universidad Javeriana, profesor de la Universidad del Rosario, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad La Gran Colombia, entre muchos méritos.

En la Sergio, nos enseñaron latín, gramática española, cultura colombiana, cuyo profesor era nada más y nada menos que el Dr. Álvaro Gómez Hurtado, Historia de la Civilización Occidental, Cultura Religiosa, etc., El Quijote de la Mancha y el diccionario, eran dos obras de consulta obligatoria, porque para sus fundadores, el abogado sergista debía pensar, hablar y escribir a la perfección, debía ser un hombre universal. Ni hablar de las clases de Obligaciones con el maestro Raymundo Emiliani Román.

Desconoce Kalmanovitz que nuestra alma mater, en materia de investigación, le dejó al mundo del derecho un legado insuperable: “Elementos de Filosofía del Derecho”, escrito por nuestro fundador y primer rector, la cual ha sido apreciada en el viejo continente como obra insigne, un curso de obligaciones, escrito por quien más supo del tema en el país, el Dr. Raymundo Emiliani Román, sin contar que, la misma Universidad Sergio Arboleda, desarrolló el satélite Libertad 1, lanzado al espacio desde el Cosmódromo de Baikonur, en Kazajstán, logrando algo inédito para el país en ese momento, 17 de abril de 2007: llevar el nombre de Colombia al espacio desconocido.

La verdad, yo jamás he perdido el tiempo leyendo a Kalmanovitz; prefiero a economistas serios y bien documentados, como Daron Acemoglu o James A. Robinson, profesores de economía de Harvard y el MIT, porque exponentes como Salomón, además de contaminar el mundo de las letras con sus vetustos pensamientos de izquierda fenecida, engañan a las mentes débiles con su falsa información y sus cifras inexactas, lo cual, para mí es completamente deplorable.

Nos trata de mediocres. Lo invito a que averigue las entidades para las que he trabajado, quiénes han sido mis superiores, entre los que han estado magistrados de altas cortes, jueces, procuradores judiciales, ministros, entre otros, gente conspicua, integérrima, y pregúnteles cómo ha sido mi labor profesional; lo invito, señor Kalmanovitz, a que me acompañe a una audiencia pública para que, con sus propios ojos, observe qué es lo que nos enseñan en la Universidad Sergio Arboleda, y cómo nosotros, sus egresados, llevamos con dignidad y honor el nombre de nuestra alma mater.

Trata al señor presidente, Iván Duque Márquez, con poca deferencia, tildándolo de ambicioso, como si la ambición por servir al país fuera un pecado. Se le olvida que esa misma ambición también la tuvieron hombres ilustres como Julio Arboleda, Alfonso López Pumarejo, Mariano Ospina Pérez, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Guillermo León Valencia, entre otros.

Confunde y reinarás, la máxima de los mediocres. Confundir es lo que pretende Salomón Kalmanovitz al tratar de dar a entender que esa alta dignidad de servicio a la patria se la ganó el señor presidente en una piñata, haciéndole “traducciones o favores”, como él mismo lo afirma, al expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Dice mi padre: “Algo tiene el agua desde que la bendicen”. Pues, algo magnánimo y extraordinario tendrá Iván Duque Márquez, desde el momento en que el hombre más grande que ha parido esta patria, Álvaro Uribe Vélez, se fijó en él. Entonces, no descalifique, señor Kalmanovitz, no sea envidioso y resentido, no confunda, no desinforme.

La Universidad Sergio Arboleda no es ninguna aparecida en este país, tiene mérito propio, por la sencilla razón que, su fundador, no fue ningún mequetrefe con ínfulas de intelectual como usted; Rodrigo Noguera Laborde sí fue un maestro, un verdadero intelectual, un hombre universal, un escritor en todo el sentido de la palabra, no un comerciante de pasquines baratos con títulos económicos como usted. ¡Respete!

De igual manera, no sea mentiroso, señor Kalmanovitz, no siempre hay que ser adinerado para ingresar a la universidad a la que hoy salgo en defensa, pues, soy de los muchos privilegiados a los que la Universidad Sergio Arboleda no les cobró sus estudios, porque alcancé a estudiar casi que la mitad de mi carrera con una beca que me donó Rodrigo Noguera Laborde, razón por la cual, mi enorme gratitud y mi gran compromiso por llevar siempre en alto el nombre de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá.

Por último, reprocho al periódico El Espectador por permitir que sus columnistas se afiancen en la falacia, en la vileza y en la irresponsabilidad al momento de escribir sus notas periodísticas, si es que se le puede llamar periodismo a lo que escribe Kalmanovitz.

En nombre de la Universidad Sergio Arboleda, en nombre de la memoria del maestro Rodrigo Noguera Laborde, exijo respeto y responsabilidad cuando pretendan dirigirse u opinar sobre nosotros, la comunidad Sergista.

Santiago Alfredo Pérez Solano. Abogado

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