Publicidad

“Entre lo malo y lo peor” de Hernando Gómez Buendía. Caso Iván Cepeda

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Cartas de los lectores
10 de abril de 2026 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

En su libro Colombia después de Petro, Hernando Gómez Buendía, en la quinta lección sobre el llamado “gobierno del cambio”, aborda los límites del cambio político en Colombia. Allí reconoce que el país necesita transformarse no por capricho ideológico, sino por una realidad abrumadora: una sociedad atravesada por la pobreza, la desigualdad, la exclusión, la improductividad, la corrupción, el atraso institucional y la violencia difícilmente puede darse por satisfecha.

Sin embargo, como advierte el autor, no basta con denunciar lo que está mal ni con querer cualquier cambio. Al hacer balance del gobierno de Gustavo Petro, Gómez Buendía sostiene que este no destruyó el país, como temía la derecha, ni lo transformó de raíz, como esperaba la izquierda. En otras palabras, Colombia no se convirtió en Venezuela, pero tampoco en la “potencia mundial de la vida”.

Superado el miedo promovido por sectores de extrema derecha durante las elecciones de 2022 —la idea de que Colombia derivaría hacia modelos como Cuba, Nicaragua o Venezuela—, queda pendiente la promesa de construir una verdadera “potencia de vida”. Esta, sin embargo, quedó inconclusa. Y en ello coincido con Gómez Buendía: fue una promesa excesiva, incluso confusa, que ni el propio gobierno logró definir con claridad.

Si bien el petrismo logró visibilizar la urgencia de transitar hacia energías limpias y de replantear la relación entre Estado, naturaleza y vida, su debilidad fue evidente en el plano psicosocial. En particular, no logró desmontar —o siquiera cuestionar de fondo— lo que algunos analistas denominan la “cultura traqueta”, esa matriz simbólica que sigue moldeando el imaginario colectivo colombiano. Este problema no se resuelve con reformas institucionales únicamente, sino que exige una transformación educativa profunda, una suerte de “psicoanálisis social” orientado no a curar individuos, sino a emancipar subjetividades.

Desde luego, esta tarea es compleja. No se trata de caer en un psicologismo superficial, como el de ciertos talleres de competencias emocionales, ni en un sociologismo abstracto que ignora la dimensión subjetiva. Se trata de articular ambas dimensiones en un proyecto educativo y cultural que permita transformar tanto las estructuras como las mentalidades.

En este contexto, resulta sugerente la distinción que hace Gómez Buendía en su columna “Entre lo malo y lo peor” entre Iván Cepeda y Gustavo Petro: mientras Cepeda representa al movimiento social organizado, Petro apela a las masas. Esta diferencia no es menor. Implica dos formas de entender el poder: una más institucional y principista; otra más caudillista y movilizadora.

Si Cepeda llegara a la presidencia, tendría el desafío de convertir la llamada “revolución ética” en algo más que una consigna. Tal vez debería avanzar hacia una especie de epistemología hermenéutica que supere la noción de “pueblo” como masa homogénea y construya, en cambio, comunidades políticas conscientes, capaces de integrar a “los nadies” sin idealizarlos.

Queda por ver si Cepeda sabría interactuar con los poderes tradicionales —los llamados caciques— sin renunciar a sus principios, o si optaría por mantenerlos a distancia. Gómez Buendía es escéptico al respecto, pero conviene recordar que Cepeda ha demostrado capacidad de diálogo, incluso con sectores ideológicamente opuestos, como ocurrió en su relación con José Félix Lafaurie durante los acercamientos con el ELN.

Para cerrar —y no para concluir—, este debate sigue abierto. Invito a los lectores a revisar la columna completa de Gómez Buendía, donde también perfila a otros candidatos como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, en un panorama político que parece oscilar, una vez más, entre lo malo y lo peor.

Alonso Ramírez Campo

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

 

L M(0q2lm)10 de abril de 2026 - 05:33 p. m.
Seńor columnista no le parece que una persona inteligente, ademas columnista, usando la expresión: “…que Colombia se convertiría en Venezuelan, no le parece simplista?. Hugo Chávez tardó 12 años en volver m a Venezuelan, y el era más inteligente y más caudillo de Brayan Francisco, que lo único que sabe hacer es incendiar masas de desadaptados sociales
Mario OROZCO G.(16018)10 de abril de 2026 - 04:12 p. m.
Por muy analista que sea Gomez Buendia y siendo verdad que el alucinado presidente no venezolanizo a Colombia, fue porque todavía tenemos jueces que defienden el Estado de Derecho, es decir, el peligro sigue latente con su candidato Cepeda, el cual pretende en una Constituyente perpetuar su dañino estalinismo.
Cordillerano(64187)10 de abril de 2026 - 03:38 p. m.
Luego de leer este comentario, solo queda preguntarse por qué su autor no está integrando la nómina de columnistas. A los suscriptores nos toca soportarnos unos verdaderos petardos (as) cuando es posible vincular analistas que con rigor y seriedad enriquecen con sus comentarios el acontecer político e institucional. Muchas gracias al Sr. Alonso Ramírez Campo!
humberto jaramillo(12832)10 de abril de 2026 - 03:30 p. m.
Me pareció muy buena la entrevista que le hizo a Gómez Buendía en Caracol. Compré el libro "Colombia después de Petro". Excelentes los tres primeros capítulos . Cuando entra a juzgar, bajo su punto de vista los "logros" o fracasos del gobierno del cambio, empieza por desconocer el derecho a la rebelión que está en la esencia de la interpretación que habría que darle a un ex guerrillero. No logré completar el cap.6. Me cansó su "intransigencia legalista". El cambio era para empezar
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.