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Golpe de Estado, ¿y de estadio?

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13 de julio de 2026 - 05:05 a. m.

Golpe de Estado

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Mi cuerpo sufrió un golpe de Estado. Las hormonas tumbaron al gobierno anterior y ahora hacen lo que les da la gana. Hay días en que solo quieren llorar y buscan hasta la excusa más pendeja para hacerlo. Hay otros en los que el termostato se daña y no hay ventilador, aire o abanico que funcione.

Estas condenadas son peores que los políticos y quieren manipularlo todo. Obligaron a mi pelo a una migración forzada y ahora la cumbamba y el bigote están siendo víctimas de una colonización.

Me paso horas frente al espejo buscando pelos intrusos que crecen gruesos y blancos. Me volví una analista experta en arrugas: puedo saber que las que se me hacen al lado de la boca, en dos meses, han ganado tres centímetros de profundidad. A veces no reconozco a esa señora que me muestra el espejo, las patas de gallina, el pelo delgadito. La observo durante unos segundos y me cuesta aceptar que esa mujer soy yo. Lo curioso es que, cuando empieza a hablar, me gusta mucho más que la de los veinte.

Pero a pesar de esta dictadura hormonal y los desastres causados en el cuerpo, debo decir que la Luisa veinteañera, la de la piel tersa y el abdomen plano, daría lo que fuera por ser como la cincuentona, que ya tiene muy claro todo lo que no quiere, que es capaz de irse de lugares donde ya no es feliz, que se pone colores chillones sin importarle si son tendencia o no, que ya no se avergüenza de su voz fuerte.

Si pudiera viajar en el tiempo, no sé si le pediría a la vida el cuerpo de los veinte. Tal vez solo le pediría que esa muchacha se soportara un poco más a sí misma, como yo que apenas estoy aprendiendo a hacerlo.

Luisa Ochoa

Sobre una columna

Me siento identificado con la hermosa columna de Claudia Morales y su reconciliación con el fútbol.

En mi caso, volví a ilusionarme con la selección gracias a mi hija.

Después del fracaso de Estados Unidos 94 y el asesinato de Andrés Escobar, mi relación con la selección fue cautelosa.

Pero Angela María me hizo comprar la camiseta, llenar en el álbum a Colombia primero y aprendernos los datos de los futbolistas.

Nunca había visto un partido de fútbol, pero en este mundial, los vimos, los gritamos y los comentamos juntos.

Vivimos la tanda de los penales abrazados, como si estuviéramos en la mitad de la cancha con los jugadores. Debo admitir que la eliminación me dio muy duro, no solo por el resultado, sino porque no pude compartir con mi hija la ilusión de ver a Colombia avanzar. Afortunadamente, ella lo tomó con tranquilidad, con la esperanza de volvernos a ilusionar.

Me pasó como al papá de Villoro, que llevaba a su hijo al estadio, no tanto por ver fútbol sino por estar con él.

Camilo Domínguez

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