Durante décadas, quienes ostentaron la dignidad de presidente de Colombia confirieron una importancia minúscula a la cartera de Cultura y, por tal razón, destinaron un presupuesto ínfimo para el funcionamiento de dicho ministerio, contrario a lo que ha sucedido desde siempre con las carteras de Defensa, Hacienda o Relaciones Exteriores, por ejemplo.
A mi entender, el Ministerio de Cultura en nuestro país debería ser considerado de capital importancia, en el mismo rango de los ministerios antes mencionados, en lo que respecta al funcionamiento del Estado y la configuración de la arquitectura institucional.
El Ministerio de Cultura colombiano tiene entre sus tareas fundamentales la preservación del patrimonio material e inmaterial del país, la salvaguarda de las tradiciones populares arraigadas en las diversas regiones que conforman Colombia. Además de apuntalar la consolidación de una identidad cultural que abrace las diferentes manifestaciones que florecen en todo el territorio, y el apoyo institucional a los artistas, creadores, cultores y promotores de las diversas expresiones artísticas que palpitan en los cuatro puntos cardinales que conforman la Colombia de hoy. Una Colombia en la que confluyen pueblos indígenas y afrodescendientes, y un sinnúmero de comunidades campesinas y poblaciones urbanas que, con sus particulares cosmogonías, orígenes y ancestralidades, enriquecen la policromía cultural del país.
El gobierno que recién termina, liderado por Gustavo Petro, supo, contrario a sus predecesores, poner en un lugar preponderante de la administración pública al Ministerio de Cultura, incrementando ostensiblemente la destinación financiera, que llegó a alcanzar cifras que duplicaron los irrisorios montos del pasado, erradicando de tajo la mezquina costumbre imperante. Para abanderar dicha cartera, designó, al comienzo de su gestión, quizás como merecido reconocimiento a su dilatada y admirable trayectoria en las artes escénicas, a Patricia Ariza, a la que sucedió Juan David Correa, escritor y editor, de una proverbial estatura intelectual. Correa entregó el testigo a Yannai Kadamani, quien ejerció hasta el final del mandato y gozaba de amplio reconocimiento en el mundo de la danza y la gestión cultural.
La designación de Paola Holguín como cabeza del Ministerio de Cultura de Colombia representa un despropósito monumental y un desprecio flagrante a centenares de artistas, cultores y promotores culturales que cuentan con una trayectoria probada en el sector. Ellos, que poseen los insumos y herramientas teóricas, conceptuales y gerenciales para liderar el ministerio, fueron desdeñados sin pudor. Son esas cualidades intelectuales, ese talante y esa experiencia de las que carece la señora Holguín, quien pareciera ser tan solo un arma más en la llamada «batalla cultural», esa que pregona por doquier el actual y oscuro mandatario, y que no es otra cosa que el demoler las columnas en que se cimenta todo el acervo conceptual que ha de regir dicha cartera y que tardó años en edificarse, gracias a una pléyade de intelectuales y creadores que pensaron la cultura y reflexionaron en torno a su valiosa contribución a la configuración de la identidad colombiana.
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