Las dos semifinales parecieron diferentes, pero en realidad contaron la misma historia: la confianza ganó y el miedo perdió.
En el Francia-España, hasta el primer gol hubo un partido parejo. Incluso Francia, que desde la alineación y las declaraciones de su entrenador dio la impresión de afrontar el partido con dudas. Sintió que tenía posibilidades mientras el marcador estuvo 0-0. Pero el error infantil del lateral izquierdo cambió todo. En ese momento aparecieron todos los fantasmas de las últimas tres derrotas frente a España. No hubo capacidad de reacción. Los jugadores dejaron de creer en la remontada y se demostró que el entrenador nunca creyó. Porque hasta ese momento lo que parecía tranquilidad terminó siendo parálisis; luego llegaron la ansiedad y la desesperación.
España, por el contrario, creyó desde el principio. Basta recordar una de las declaraciones previas al partido: “Los que deben tener miedo son ellos”, dijo uno de sus jugadores. España hizo lo suyo porque siempre estuvo convencida de que ese partido iba a ser suyo.
En la otra semifinal ocurrió algo parecido, aunque con un guión diferente. El partido también fue parejo hasta el primer gol. Pero, a diferencia de la otra semifinal, aquí los fantasmas se le aparecieron al equipo que marcó primero. Le dio vértigo. No supo qué hacer con la ventaja. Había jugado un buen partido hasta ese momento y, de repente, se achicó. Con ese gol pareció que le dio mal de altura y cayó. Desde ese momento daba la sensación de que iba a perder el partido.
Alguien me dijo que les había faltado técnico. Yo pienso lo contrario: les sobró técnico. Sus cambios transmitieron un mensaje muy claro: este partido lo vamos a perder.
Del otro lado, Argentina empezó a creer. Creyó, siguió creyendo e incluso después de desperdiciar varias oportunidades mantuvo la certeza de que el partido iba a ser suyo. Esa confianza fue tal que el técnico dejó titulares en el banco para el segundo tiempo, convencido desde antes del partido de que iba a llegar vivo a ese momento y que ahí podía resolverlo.
Lo curioso es que, en una semifinal, el primer gol destruyó al equipo que iba perdiendo; en la otra, terminó afectando al que iba ganando.
Lo mejor de todo es que, en la final, creo que ninguno de los dos equipos llegó condicionado por el miedo. Ganó el que jugó su propio partido, el que miró primero sus virtudes y no salió a protegerse de las del rival.
Fabián Alonso Pinillos Quintero
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