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La empatía del odio

Cartas de los lectores

28 de agosto de 2026 - 06:00 a. m.

Por estos días es difícil no reflexionar sobre nuestro papel como hijos de esta nación. Somos una sociedad acostumbrada a transformaciones complejas, desmedidas y turbulentas. Aun así, mantenemos la profunda humanidad del colombiano auténtico. Nuestra esencia nos impulsa, como inercia inversa, a emerger de cuanta tribulación nos agobie. El corazón del país se estremece y multiplica sus latidos con fuerzas insospechadas. Nuestras características son orgánicas, elementales: superar la adversidad, aportar lo mejor de cada uno y preservar la motivación innata.

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Estos últimos meses tensaron las fibras ciudadanas de manera inusual: la Copa del Mundo, las elecciones presidenciales y un devastador terremoto. Eventos singulares con diferentes escalas de percepción, entendimiento y accionar. El fútbol une, la política divide, la tragedia vuelve a integrar en un colectivismo emocional, explosivo y transitorio, rasgo de nuestro nacionalismo criollo mientras gestionamos el quehacer diario. Abrazados a desconocidos que portan la misma camiseta, alcanzamos la empatía eufórica que produce la Selección. Un partido nos integra masivamente y nos emociona hasta las lágrimas; disfrutamos los triunfos pasajeros y, ante la pérdida, no hay duelo. La vida exige continuar sin drama.

La elección presidencial regresó al paisano futbolero a escenarios menos fraternales. Las divisiones políticas radicalizadas retomaron el relato beligerante de la etapa preelectoral y premundialista. Retornó la antipatía por el contradictor, y hasta la camiseta –destacado símbolo de unidad e interés nacional– se rasgó para el infame beneficio electoral, minando la hermandad entre hinchas del mismo equipo. De la concordia a la frustración y al señalamiento de un responsable no hacen falta noventa minutos. Es fácil etiquetar: en segundos surge el enemigo, y al enemigo hay que odiarlo. Ergo, mi hermano es mi enemigo; ergo, la empatía es odio.

Llegó un nuevo gobierno: un cambio de modelo ideológico y de gobernanza que genera alivio para unos y mayor aversión para los derrotados. Apenas posesionado el mandato, la tierra tiembla inmisericordemente en gran parte del territorio. Se desbaratan las agendas y los retos asumidos cambian de prioridad. La tragedia es de proporciones monumentales; la consigna, perentoria: movilizar toda ayuda necesaria. El presidente entrante se hace cargo; también su gabinete recién nombrado, sus familias, allegados, votantes, simpatizantes, contradictores, desinteresados, escépticos y apáticos; en fin, casi todos. Él lidera como corresponde a cualquier gobernante: utiliza los recursos del Estado, llega a los territorios caídos, coordina ayudas y ofrece consuelo. Surge la promesa de que no es una tragedia ajena, por lo que la búsqueda, el rescate, la atención a las víctimas y la reconstrucción se harán entre todos. «Unidos por la misma causa» parece un cliché, mas no lo es. El mismo país que se agredía apenas días atrás se volcó de inmediato en solidaridad ante el dolor ajeno. Voces, manos, tiempo, dinero, comida, medicinas, herramientas, insumos y un largo etcétera: una movilización impresionante como jamás vi.

Y aunque algunos continúen destilando veneno en medio del dolor, sin reconocer la generosidad del colombiano que, sin distingo, ofrece ayuda, queda demostrado que el odio es un artificio fabricado, mientras que la empatía es inherente a la esencia humana.

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