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La profesionalización de quienes imponen justicia en la cancha se debe exigir, al igual que se reclama por gramillas, luminarias o infraestructura de calidad.
No es verdad que sea un deporte de solo 11 contra 11. El contexto que rodea a estos 22 deportistas es igual de importante a ellos y esto lo ha impuesto el fútbol mismo al crear las normas del juego, por allá en la mitad del siglo XIX, cuando un grupo de jóvenes ingleses se reunían en Londres para pautarlas.
Esa vaga y a veces soberbia afirmación de que el fútbol es solo de los futbolistas es tan individualista como creer que un partido lo gana solo un delantero, un defensa o un volante. El espectáculo, que a fin de cuentas es de lo que se trata, tiene que contar con la participación de los hinchas, directivos, patrocinadores, etc., pero, sobre todo, con los árbitros.
El árbitro tiene que estar sí o sí. Gústele a quien le guste. Es como esos padres que exigen estar presentes en la fiesta que el niño realiza en la casa. Si se sabe inevitable que su presencia se dé, aunque sea que se sienta lo menos posible.
Que su presencia sea lo más liviana posible depende de varios factores. Primero, por supuesto, de ellos mismos. Se supone que sobra recordar la profesionalidad que deben tener al pararse a otorgar ecuanimidad futbolística en el partido. “La figura debe ser el deportista, no nosotros”, ojalá pensaran. Segundo, los entes responsables de prepararlos de óptima manera para su actuación deben tomarse la tarea en serio; su estado físico, su visión y su carácter deben estar previamente estudiados y tenidos en cuenta. Tercero, y esto lo digo a manera personal, tienen que entender del juego al que pertenecen.
Así, pues, estos personajes, que ahora se visten de negro o amarillo radiactivo, son responsables directos de que: 1) haya justicia y 2) se vea un gran show deportivo. Si la tarea se cumple de raíz, se supone que los errores titánicos que se ven cada ocho días, sobre todo en nuestro fútbol colombiano, no tendrían que volver a pasar.
El árbitro, que es la persona 22, 23 y 24 que está en el campo de juego, teniendo en cuenta a los jueces de línea, es tan importante como el arquero o el delantero. La diferencia es que entre menos se noten estos, mayor será su reconocimiento. Se trata de que el hijo disfrute la fiesta, nadie quiere un padre intenso que se quiera llevar todas las miradas.
Nicolás Segura Caicedo.
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