El pasado 6 de abril El Espectador publicó una columna malintencionada, injuriosa y calumniosa contra mi familia, plagada de deformaciones y errores históricos, firmada por Julio César Londoño y titulada “La Casa Valencia”. La ignorancia supina del autor es tal que llegué a considerar la referencia a un asno montés, incluido el libelo, para encabezar estas líneas. Me sorprendió igualmente el tono rastrero en el diario sucesor de aquel que don Guillermo Cano dirigió exigiendo elegancia y respeto a las plumas liberales más diversas y polémicas.
Tal vez por carencia de un manual de estilo o falta de un corrector de carne y hueso, o quizás por política editorial, en El Espectador de ahora se difunden sin talanqueras barrabasadas históricas y agravios desaforados. Singular modelo de fake news en el que delirios sobre imaginarios esclavos indios en plena República y mastines antropófagos son pretexto para calumniar e injuriar impunemente. Vergüenza grande para el periodismo resulta ser este inconstitucional irrespeto al lector, más aún desde el diario que ha obtenido para sí el nombre de un periódico ilustre.
La familia que el columnista y este medio pretenden oprobiar me honra. Me enaltece el martirio de quien fue al cadalso junto con Camilo Torres y el valor del que luchó al lado del Libertador. El Anarkos del poeta universal, el político, su verbo, su volcánica vida por Colombia son gloria para mi nombre. Es mi orgullo el tatarabuelo emprendedor, titán hecho a pulso desde la nada, sin privilegios ni injusticias. Me honra el abuelo que enfrentó casi en solitario la dictadura del tirano Rojas Pinilla para luego pactar con singular sentido patriótico el fin de los odios; el presidente de la paz que frenó en seco a los sanguinarios testaferros del castrismo y los desalojó de su enclave en Marquetalia; el servidor público que salió del palacio presidencial conduciendo su viejo Volkswagen, con las manos limpias, los bolsillos vacíos y la frente en alto, aplaudido por sus conciudadanos. Sus hermanas y su hermano brillaron en la defensa de causas nobles desde todo el espectro político. Y más de cerca, me honra siempre mi padre, con su gran inteligencia y decencia siempre al servicio desinteresado del país, sin tacha alguna en su carrera pública y con el profundo amor por su patria que deja como digna herencia personal y política a sus hijos y nietos.
Que la pretendida memoria histórica que se gesta en el diario que lleva el nombre de El Espectador que fue de los Cano sea la deshonra y el odio de clase mediante la mentira, la falsificación del pasado y la injuria y calumnia reiteradas me entristece. Porque un país sin prensa honesta como testigo de la historia es presagio de una nación condenada a la tiranía.
Cayetana Valencia Laserna.
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