Era el año 1978, yo tenía 18 años de edad, cursaba 5° de bachillerato en el colegio Liceo Celedón y jugaba fútbol como centrodelantero en el equipo del barrio 20 de Julio de nombre Celosías Tayrona. Yo era del centro de Santa Marta, por donde nací y me crié, pero unos compañeros de clase, quienes vivían en ese barrio, como vieron cómo jugaba y hacía goles, me llevaron a ese equipo, porque necesitaban un goleador.
Celosías Tayrona tenía muy buenos jugadores. Entre ellos estaban los hermanos Tinoco, uno en la defensa y el otro en el mediocampo. También Jaime Berdugo y Jesús Barros (ambos ya fallecidos) y de arquero nadie más y nadie menos que Carlos Ditta (también ya fallecido), y un puntero izquierdo escurridizo y veloz a quien le decíamos Cuco por el cantante Cuco Valoy.
Un día fuimos invitados al corregimiento de Sevilla, Zona Bananera, para un encuentro con otro equipo de allí. Yo nunca había jugado en una cancha con grama y ese día, cuando vi la de Sevilla, quedé impresionado y a la vez alegre, porque estaba forrada de un césped verde y fresco, tanto que les dije a mis compañeros que en ese campo sí daban ganas de hacer hasta un gol de chalaca, que nunca había podido hacer en los campos pelados de Santa Marta. Alrededor de la cancha había toda una multitud, por supuesto, haciéndole barra al equipo anfitrión.
Cuando el partido ya había pasado los primeros veinte minutos del segundo tiempo e íbamos perdiendo por un gol que nos hicieron comenzando el primer tiempo, el deseo que había expresado se hizo realidad: le filtraron por la punta izquierda el balón a Cuco y este, con su rapidez en correr, lo alcanzó casi al final de la cancha contraria e hizo el centro hacia el punto blanco y redondo desde el cual se cobran los penaltis, en donde yo esperaba y vi la oportunidad de por fin intentar un gol de chalaca.
Y así lo hice, tal cual como lo ejecutó Borja, y aunque no fue grabado por ningún celular, debido a que en esos tiempos no existían, permanece guardado e intacto en mi clara memoria.
Y como lo dijo una vez mi maestro Gabo: “Hay que vivirlo para contarlo” o como yo lo digo ahora: quien no tiene nada qué contar, al menos lea lo que otros sí tienen qué y cómo hacerlo.
Álvaro Cotes Córdoba
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com