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Odiar hacer algo no significa que no sepa hacerlo

Cartas de los lectores

08 de febrero de 2026 - 11:29 p. m.

La idea de que una persona, por ser buena en una actividad y obtener buenos resultados, necesariamente debe disfrutar lo que hace, me parece un error recurrente, especialmente en el ámbito laboral. En muchas ocasiones, la exigencia de un cargo te obliga a realizar actividades que generan disgusto y un malestar corporal y mental que quien dirige, o quienes te acompañan, no creen o simplemente no toman en consideración, porque “es lo que hay que hacer”.

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Pero ¿por qué no explorar otros mecanismos de abordaje en los que se pueda obtener un excelente resultado sin generar malestar en quien lo hace? Sería mejor identificar las diferentes competencias dentro de un equipo de trabajo y, a partir de ello, segmentar las actividades. Hoy en día, ¿es viable como empleado alzar la voz y, no desde la negación a hacer lo que se debe, sino desde la propuesta, plantear mecanismos que mitiguen esa desazón y permitan lograr el éxito?

No se trata de no saber hacer las cosas ni de incapacidad para lograrlas; se trata de entender que la carga que generan puede ser invisible e inimaginable. Hacerlo bien se convierte, entonces, en una carga, porque, aunque sea una de las pocas razones que te hacen replantearte a diario si seguir o renunciar, como lo haces bien, lo seguirás haciendo: es lo que toca. Al final, todo se traduce en desgaste y, profesionalmente hablando, considero honesto poder decir: lo sé hacer, pero me hace mal. Desde ahí, poder replantear los roles, entendiendo que, en algún punto, pueden ajustarse desde la empresa o desde lo personal, y tomar decisiones que te lleven a rutas laborales que desempeñes con mayor propósito.

Esperar que el trabajo se haga con calidad, éxito, agrado y propósito no es posible si siempre existe una molestia latente y un disgusto por lo que se hace. La carga, al final, es personal; todos somos reemplazables, pero debería evaluarse el costo de cambiar personas constantemente solo porque “hay que hacer lo que hay que hacer”.

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Debemos dejar de confundir la competencia con el gusto. Esto permitiría evitar roles mal diseñados y personas agotadas, donde la solución final termina siendo hacerlo mal para que la carga desaparezca, poniendo en juego la experiencia y el profesionalismo por una actividad que, entre tantas, es la que mayores resultados genera.

El tema no debería ser cuestionar por qué se odia aquello que hacemos bien, sino por qué se sigue insistiendo en cargar a la misma persona sin considerar cuánto le cuesta. Fortalecerse profesionalmente no debería significar aprender a amar lo que odiamos, sino transformar, evolucionar y hacer las cosas de manera diferente antes de que todo se traduzca en desgaste, silencio, omisión y, finalmente, una renuncia.

Porque sé hacerlo bien, pero odio hacerlo. Porque duele hacerlo. Y no se trata de salir de la zona de confort, sino de ser honesta y reconocer que jamás lograré disfrutarlo.

Mónica Rojas Padilla

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