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Me permito escribir en relación con la columna de Catalina Ruiz-Navarro titulada “Vos podés desinformar” con el fin de aportar elementos que contribuyan a un entendimiento más completo del tema.
Si bien es importante denunciar los abusos asociados a prácticas religiosas que promueven terapias de conversión, este contexto puede ser relevante, pero centrar el análisis en ese marco deja por fuera otras dimensiones del debate.
Desestimar la experiencia de Karen Quiñones al enmarcarla como activista religiosa puede percibirse como una forma de desacreditar su testimonio sin evaluar el fondo del asunto: la responsabilidad del modelo médico afirmativo en el abordaje del diagnóstico trans, un enfoque cuya validez ha comenzado a ponerse en duda en el debate público, al carecer de criterios universales claros y basarse en la autopercepción del paciente.
Cabe mencionar que, según el propio testimonio, se le prescribieron hormonas cruzadas tras aproximadamente 20 minutos de consulta, lo que plantea interrogantes sobre la rigurosidad del proceso clínico.
Es importante advertir que la crítica a la medicalización afirmativa de género no proviene exclusivamente de ámbitos conservadores, sino también de espacios seculares y de grupos de personas homosexuales.
Conviene informar sobre el trabajo de colectivos como LGB International, LGB Colombia y Athena Forum, dirigido por la exdiputada austriaca Faika El-Nagashi, que han surgido para cuestionar la expansión de la teoría transgénero en el ámbito institucional y legal. Asimismo, destaca el caso de Jamie Reed, vinculada a LGB Courage Coalition, quien denunció prácticas en un centro de afirmación de género en Estados Unidos que, según su testimonio, orientaban a menores hacia identidades trans. En todos los casos, se trata de voces de personas homosexuales, muchas no vinculadas a posturas religiosas.
También es importante precisar que los llamados Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género (ECOSIG) tienden a englobar orientación sexual e identidad de género. Diferenciar ambos conceptos es relevante porque, mientras la modificación de la orientación sexual es considerada inaceptable por referirse al deseo, la identidad de género suele entenderse como la idea de un “sexo psicológico” independiente del cuerpo y, en muchos casos, basada en estereotipos.
Voces como la del psicoanalista Roberto D’Angelo advierten que el enfoque afirmativo podría repetir errores del pasado, cuando el psicoanálisis patologizó la homosexualidad. Según esta perspectiva, la afirmación clínica podría ser otro mecanismo que apunta a “corregir” la orientación sexual.
Si se argumenta que una mujer homosexual puede convertirse en un hombre heterosexual mediante transición médica, ¿por qué no podría interpretarse, en la práctica, como una forma de conversión?
Puede que el testimonio de Karen resulte incómodo para quienes promueven la transición médica, pero los procesos de detransición se están dando en distintos países, y Colombia no es la excepción. Su testimonio es relevante ya que, como ha señalado la psiquiatra Miriam Grossman, en ciertos casos la identificación con otro sexo puede entenderse como un síntoma de diversas dificultades personales.
Por otra parte, los casos de detransición son cada vez más visibles. El pasado 12 de marzo, más de 70 detransicionistas de todo el mundo se reunieron en Washington D.C. para informar al público de sus experiencias, mientras que el periodista Benjamin Ryan ha reportado en Estados Unidos decenas de demandas, incluyendo el caso Varian v. Einhorn, con un veredicto favorable e indemnización millonaria, lo que ha abierto la puerta a nuevos litigios.
El hecho de que este pódcast haya generado controversia puede interpretarse como un indicio de mayor conciencia sobre los riesgos e implicaciones de la medicalización afirmativa de género, lo que sugiere que estas posturas no son incuestionables y merecen revisión crítica y documentada.
Javier Rodríguez.
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