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“No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”. Se nos vino Norteamérica encima. El 9 de diciembre de 1824, dos grandes de la historia por la libertad americana, Antonio José de Sucre y José María Córdova, dos soldados mitológicos, con instrucciones tácticas y estratégicas del gran Libertador Simón Bolívar, derrotaron al poderoso ejército español de 9.300 hombres, superior en armas, con 5.700 pobres soldados que llevaban la libertad en el alma, vivaban al Libertador y marchaban con la orden de “Paso de vencedores” en la pampa de Ayacucho, a 3.600 metros sobre el nivel del mar.
Bolívar no estuvo en la batalla máxima de gloria americana, por la traidora destitución del mando supremo por parte del morillista Congreso de Colombia, con la intención de impedir la salida del imperio español de América. La victoria fue la lealtad y el amor de sus soldados al Libertador y a la libertad. El virrey La Serna, herido, y el Estado Mayor, prisionero por Córdova en el cerro de Condoncurca, junto con 1.700 muertos, obligaron al general Canterac a firmar la rendición. Fue el final de 330 años de sangre y saqueo del continente.
Los traidores de Colombia y Venezuela, aferrados a sus privilegios, abusos y arbitrariedades, no soportaron el heroísmo del pueblo contra la esclavitud y decidieron asesinar a Bolívar: tres veces en Bogotá y con la orden de fusilarlo al pisar suelo venezolano. Tampoco pudieron. Los políticos mediocres, incapaces de realizar su pensamiento, organizar naciones libres y gobiernos con moral, con miras “al gran desarrollo al que están llamadas las cinco naciones bolivarianas”, visto ya por el cura Choquehuanca, párroco del Cuzco, quien le dijo: “con los siglos crecerá vuestra gloria, como crecen las sombras cuando el sol declina”, decidieron empequeñecerse aún más ante la historia y hundir la campaña libertadora en envidias, rivalidades políticas y enfrentamientos fratricidas.
Doscientos veinte años después, Venezuela, que le dio la vida, y Colombia, que le dio la gloria al Libertador, estamos ante el juicio del narcotráfico del que nos culpa el mundo.
No pudieron los gobiernos, teniendo las ingentes riquezas de nuestros suelos, hacernos pueblos soberanos, dignos en educación, honor, virtudes, amor a Dios y a la patria. Nada honroso nos han merecido como hombres ni como ciudadanos nuestros dirigentes. La democracia ha sido profanada y traicionada para ocultar corrupción, desigualdades, violaciones a los derechos humanos, injusticias sociales y la sagrada heredad que nos dejó el Libertador en su última proclama: “…mis últimos votos son por la felicidad de la patria; si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. A pesar de la ingratitud de sus eternos enemigos, la gloria del Libertador sigue creciendo con los siglos, como las sombras cuando el sol declina.
Isaac Vargas
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