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¿Qué sigue ahora?

Cartas de los lectores

19 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

¿Sabe usted y conoce el olor de la pólvora en medio de un combate? Por mi parte, lo he olvidado, o al menos un poco, sin embargo, es claro que mis recuerdos escarban la tierra revuelta en tantas ocasiones del pasado, con estas manos que ahora intentan escribir, las mismas que años atrás fueron capaces de matar, porque así tuvo que ser, y ocurriendo tan solo de esa manera.

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Entonces, lectoras y lectores, he decidido lanzarme por el camino de la escritura, ese mismo que arremete con fuerza despiadada, capaz de prolongar–me–la vida, pero siempre insuficiente hasta que el peso del cansancio cierra mis ojos, y así de nuevo volver a la Guerra, a sus estertores y suspiros carentes de hálito, repletos de muerte, todos regresan a mí, o al menos eso creo.

Arrebato de ustedes este espacio, porque no sé qué sigue ahora, pues algunos cuantos dicen que debería continuar como si nada hubiese ocurrido, o al menos, la gran mayoría coinciden en ello. No obstante, ¿cómo hacerlo después de ella? Si tan poca cosa ha quedado de mí. Ni siquiera un mendrugo de esperanza, o tan siquiera ojalá, el ánimo de tomar una bocanada, y así recuperar los suspiros del ayer, a pesar de ello, y con plena seguridad, al igual que las viejas certezas y verdades del corazón, muy poco o casi nada volverá a ser como antes.

Ahora bien, tal vez no pase mucho por mí cabeza después de ella, de no ser por el recuerdo constante de la hojarasca rodar por las calles, al igual que su silbido y el sonido del resquebrajar cuando toca el suelo; y de repente: recordar sus voces, la de todos ellos, quienes junto a mí empuñaron un fusil en medio de la selva y ahora no se encuentran. ¡Vaya fortuna! Pues al final de esta Guerra nada será igual que antes, y todo rastro de vida y muerte desaparecerá para cada uno de nosotros, o al menos eso creo.

De tal manera que, años después de ella he comprendido que nada puedo ni podré hacer, y lo irremediable se halla en un pasado intocable, tan sereno y efímero, como las volutas de humo del cigarrillo entre mis manos; al igual que en mis acciones infructuosas durante una, y todas mis noches, mientras deseo despertar y desgarrar el camuflado de mi piel, para luego saber que todo está perdido y sigue siendo muy tarde para lamentarme, porque siempre regresaré a este vacío llamado vida, a las pisadas de una caminata sin sentido, y a decenas de atardeceres calurosos y anaranjados del mismo sabor.

Años atrás decidí abandonar las armas, así como muchos otros, para luego continuar como si nada hubiese ocurrido y preguntarme qué hacer después de ella. Sin embargo, cómo hacerlo luego de haber disparado a matar, o haber destripado, como dicen otros, y seguido de ello, recibir con delicadeza el aroma de tantas muertes, rostros olvidados y el destello de un hado inexorable por haber nacido en este pedazo de tierra, o al menos eso creo.

Y ya no importa la dirección de las ojivas de muerte, tampoco la culpa que corre por los intersticios de mi cuerpo y, mucho menos, los lamentos del pasado amortajados entre el aire y la espuma de estertores mudos. Al final, tan solo puedo decir que siendo muy joven opté por la Guerra, ahora sé que todo lo he perdido. A pesar de ello sigo sin saber, ¿qué sigue ahora?

A. Julián Solarte, docente y excombatiente.

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