La columna escrita por Armando Montenegro ‘Impactos del populismo’ padece de un estilo profético que se basa en crear miedo para lograr su cometido. Por supuesto, hay que reconocer que el aumento en el salario mínimo fue excesivo y tendrá consecuencias sobre los precios. Es un error de este gobierno.
Sin embargo, las razones que aduce el columnista Montenegro son supuesto hechos que ya están ocurriendo: “Poco a poco se van manifestando los desastrosos efectos del incremento del salario mínimo en un 23 %, decretado por el Gobierno a finales del año pasado”. Luego menciona que ya hay una reacción y que se están tomando “medidas defensivas”.
Acto seguido menciona lo obvio para cualquier persona que entienda de macroeconomía: que el Banco de la República tendrá que subir sus tasas. Aunque es algo que aún no ha ocurrido, seguramente será así con consecuencias sobre los créditos, sus tasas de interés y el análisis de riesgo que estudian los bancos para otorgarlos.
A partir de ahí, la conjugación de la descripción de los “desastrosos efectos” pasa de un supuesto presente, que siempre estuvo ausente pues no describió un efecto palpable y con datos, a un futuro en modo indicativo donde profetiza sobre lo que tendrán que hacer empresas y organizaciones.
Menciona que las empresas tendrán que disminuir el tamaño de sus plantas de personal por una razón: no poder sostener “los elevados costos de sus trabajadores”. Podría afirmarse que será así; pero desde mi percepción he observado algo diferente: que las horas extras disminuyen, y los dominicales y horas nocturnas se están tratando de evitar, siendo eficientes en las ocho horas de la jornada laboral. Los datos de desempleo de enero o del primer trimestre indicarán si aumentó el desempleo.
Luego, el autor trae la irrupción de la tecnología en reemplazo del trabajo humano como hecho innegable, pero visto desde el contexto de la disminución de la empleabilidad. Montenegro se apresura a aclarar que es un fenómeno que viene ocurriendo desde hace décadas; pero, como el propósito de la columna es infundir miedo, hay que profetizar que, gracias a Petro, “se avecina el uso masivo de dispositivos en los edificios y conjuntos residenciales para reemplazar a un buen número de porteros y vigilantes”.
Curioso, pues durante décadas, las cuales en Colombia fueron bajo un contexto económico neoliberal, nos inculcaron el mensaje de que la tecnología nos iba a facilitar la vida, y que, si bien algunos empleos desaparecerían, se abrirían otras oportunidades laborales. El “Gracias a Petro” adquiere un tono malicioso puesto por el columnista sobre un hecho que nos han vendido como inevitable.
Montenegro empieza a cerrar su herramienta discursiva (un futuro en infinitivo como una profecía a cumplirse) mencionando que, las edificaciones “de la ciudad” (¿cuál? ¿Medellín, Barranquilla, Cali?) están utilizando tecnologías digitales que “ya se utilizan masivamente en las ciudades de los países donde los salarios son elevados (…) Pronto se generalizarán en Colombia, incluso en inmuebles de estratos medios y bajos. Mucha gente quedará en la calle”. Contradictorio, pues con o sin Petro esta tecnología es instalada por las administraciones de los conjuntos y edificios que, en su afán de ser eficientes en el manejo de recursos, ven esta herramienta digital como algo que les dará mayor seguridad y les hará pagar menos servicios a las empresas de vigilancia ¿Acaso un gobierno de derecha intervendría para detener el uso de la tecnología? Sería paradójico y se diría que es un ataque al libre mercado.
Por último, sentencia Montenegro que el populismo daña a quienes dice defender. Por supuesto que sí, precisamente es lo que queremos eliminar de nuestras repúblicas bananeras. Lo que omite Montenegro al escribir es que hay populismos de derecha e izquierda y que, por ejemplo, configurar un estado de opinión para hacerse re-reelegirse tiene la misma dosis de demagogia que sacar la espada de Bolívar como si ella fuera a darnos trabajo y estabilidad.
Andrés Roberto Ávila Peñuela
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