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A propósito del día de las madres, quisiera nombrar algunas preguntas que me he estado haciendo: ¿Cómo se es mujer, madre y exitosa laboralmente al mismo tiempo?, ¿Cómo reconocer y valorar socialmente las labores de cuidado que están delegadas en su mayoría a las mujeres?, ¿Por qué en mi trabajo veo tantas mujeres abrumadas, agotadas e infelices?, ¿Cómo un proceso como la maternidad, que puede expandir, transformar y hacer sentir un amor que nunca se había sentido, puede generar tanto sufrimiento, frustración, rabia o culpa?
Soy psicóloga y acompaño a familias de madres gestantes y niños hasta los dos años. En estos años de trabajo ha aumentado en mí la sensación de que, en ciertas condiciones, ser madre puede convertirse en un proceso lleno de estrés, ansiedad y experiencias que afectan la salud mental de una mujer. No pienso que el problema sea la maternidad, creo más bien que son los determinantes sociales, los imaginarios, roles o exigencias que recaen sobre la mujer que se convierte en madre, y que hacen que maternar sea experimentado como un proceso agotador, arduo y solitario.
Vi una película llamada Canina (Nightbitch), que muestra el proceso de transformación de una mujer artista, que decide quedarse en casa cuidando a su primer hijo, su adaptación a la maternidad, sus angustias, conflictos y preguntas. La película se desarrolla en su cotidianidad, donde trata de darle sentido a lo que está sintiendo, a sus cambios físicos y emocionales, a la par de que intenta entender los comportamientos de su hijo y todo lo que exige su cuidado, en medio de una lucha violenta por volver a ser la mujer que “dejó de ser”.
La película es cruda por momentos, con escenas explícitas y repleta de símbolos. Muestra un viaje de autodescubrimiento, en medio de una maternidad solitaria –su pareja está, pero no está– en la que su protagonista experimenta grandes emociones y preguntas que nadie a su alrededor nota. Podría hablar infinidad de esta película, pero me quedo con este fragmento: “Si mi madre siguiera viva, tendría algunas preguntas serias para hacerle: ¿Cómo lidió con la ira y el resentimiento por todo lo que no hizo?, ¿Cuántas mujeres retrasaron su grandeza mientras los hombres que las rodeaban no sabían qué hacer con la suya? Le preguntaría si alguna vez se arrepintió de ser madre”.
¿Cuántas mujeres se están preguntando lo mismo en este momento?, ¿cuántas mujeres después de haber deseado ser madres se arrepienten de serlo?, ¿cuántas madres se encuentran profundamente enojadas y frustradas?, ¿cuántas mujeres ya no desean convertirse en madres por lo mismo?
Y lo repito, el problema no es la maternidad, son las construcciones sociales que hay alrededor de ella, que terminan aislando a la madre en medio de exigencias e ideales que condicionan negativamente su experiencia.
Por esto me animé a escribir, porque creo que es importante reconocer que, al convertirse en madres, las mujeres atraviesan cambios que pueden hacerlas sentir profundamente vulnerables y transformar su percepción del mundo y de ellas mismas. Acompañar el posparto y la maternidad es fundamental, implica acciones como preguntarles cómo se sienten, sostenerlas y cuidarlas, participar de las labores de cuidado en el hogar, no menospreciar las labores de cuidado que realizan o invalidar sus emociones. Sobre todo, trascender creencias como “los hijos son de la mamá” o “la maternidad es un campo de flores, donde todo es perfecto y hermoso” para realizar acciones que equilibren las cargas en el hogar y sostengan. Tal vez, de esta forma, la maternidad deje de costarle tanto a las mujeres.
Diana Carolina Gómez Restrepo
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