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Sobre Camilo Cifuentes: "Yo afán no tengo"

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Hay personas que ayudan haciendo ruido. Y hay otras que llegan sin enseñar siquiera la cara. Camilo Cifuentes pertenece a las segundas.

Muchas de sus historias empiezan de una manera corriente: un vendedor en la calle, una mujer preparando comida, alguien que lleva horas intentando ganarse el día. Entonces aparece una voz que pregunta cuánto cuesta lo que vende. Después pregunta cuánto tiene. Todo.

A veces la persona se ríe porque piensa que está bromeando. Otras veces intenta advertirle: “Pero se va a demorar”. Y entonces llega la frase: “Yo afán no tengo”. Parece poca cosa. No lo es. Vivimos con afán para todo. Para llegar, comprar, comer, contestar y marcharnos. Nos impacientamos si alguien tarda cinco minutos en atendernos y miramos el teléfono mientras otra persona nos habla. Por eso quizá emociona escuchar a alguien decirle a una persona acostumbrada a que todos tengan prisa: “Yo puedo esperar”.

Camilo se acerca a vendedores ambulantes y pequeños comerciantes. Pregunta, escucha y compra. En ocasiones, tanto que quien está delante tarda unos segundos en comprender lo que está sucediendo. Entonces cambia de cara. Tal vez aquel día podrá regresar antes a casa. Quizá podrá pagar algo pendiente. Tal vez, durante unas horas, una preocupación pesará un poco menos. Y la cámara permanece enfocando a quien recibe. No a quien da.

Camilo Cifuentes ha construido buena parte de su presencia pública sin mostrar su rostro. En una época en la que parece imprescindible enseñarse para existir, él ha conseguido algo paradójico: ocultar su cara para que prestemos atención a las de los demás.

Quizá esa sea su imagen más reconocible. La cara del vendedor que no entiende por qué quieren comprarle todo. La de quien empieza a hacer cuentas. La de quien pregunta varias veces si aquello es verdad. La de quien intenta contener las lágrimas y no puede. Una compra no soluciona la pobreza. Mañana seguirán existiendo personas intentando completar el dinero del día y familias atravesando dificultades. Pero puede cambiar un martes, puede llenar una nevera, puede aliviar una deuda, puede conseguir que alguien llegue unas horas antes a casa, puede recordarle a una persona que alguien la vio.

A veces despreciamos los gestos pequeños porque no resuelven problemas enormes, como si para ayudar hubiera que salvar el mundo entero. No. No todos podemos comprarle toda la mercancía a un vendedor ni entregar grandes cantidades de dinero. Pero casi todos podemos hacer algo: comprar sin regatear dos monedas a quien lleva diez horas trabajando, escuchar, preguntar un nombre, mirar a los ojos. Esperar.

Tal vez esa sea la parte de Camilo Cifuentes que merece ser contada. Un hombre cuya cara sigue siendo un misterio y que, sin embargo, ha conseguido que recordemos las caras de muchos desconocidos. Mientras todos corremos convencidos de que no tenemos tiempo para nadie, alguien vuelve a advertirle: “Se va a demorar”. Y él responde: “Yo afán no tengo”. Quizá nosotros sí. Quizá demasiado.

Lía del Alba, España

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