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Sobre el sionismo y el antisemitismo

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07 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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En su edición del fin de semana, El Espectador publicó un artículo de Ari Berman, titulado “El ver­da­dero sig­ni­fi­cado del sionismo”. Su tesis es que el sionismo representa la unidad y solidaridad de los pueblos y que toda crítica a este es evidencia de odio a la comunidad judía. Para sostener su opinión encadena una serie de argumentos falaces.

Pero no mencionaré todas esas falacias, ni explicaré por qué es falaz hablar de una “gran expulsión judía” y de un pueblo que “vuelve” a la tierra que le pertenecía. Esa narrativa exagera un evento que sí sucedió, pero cuya consecuencia no debe ser la apropiación de las tierras ajenas (Israel Jacob Yuval, 2006).

Me enfocaré más bien en la idea más extendida por los sionistas en cada debate, una que se repite de manera indiscriminada: la idea de que toda crítica al Estado de Israel y al sionismo significa, per se, antisemitismo.

Dicha premisa se sostiene en tres falacias. La primera es la falsa equivalencia: criticar una ideología política no es odiar a un pueblo y menos su religión. Se puede rechazar al sionismo sin tocar al judaísmo; esto lo saben muy bien los mismos sionistas.

El sionismo no fue el único movimiento judío nacido a finales del siglo XIX. Para la misma época nació la Unión General de Trabajadores Judíos, mejor conocida como el Bund. En múltiples ocasiones los sionistas difamaron a los bundistas. ¿Se podría llamar a los sionistas antisemitas porque atacaron a un movimiento judío? Claramente no. Y, sin embargo, esa es la lógica que Berman y los sionistas aplican cuando igualan la crítica a su ideología con el antisemitismo.

La segunda falacia es el hombre de paja: la crítica al sionismo no pretende negar a los judíos derechos políticos o territoriales. Por el contrario, la crítica consiste en oponerse a un arreglo político-territorial creado en el siglo XX. Extrapolar esa oposición concreta a un odio religioso generalizado es parodiar el debate.

Por último, cuando Berman afirma que “Redu­cir el sio­nismo a ban­de­ras, esló­ga­nes o epí­te­tos sirve de tapa­dera a quie­nes bus­can la des­truc­ción de Israel” incurre en la falacia de envenenar el pozo: descalifica de antemano cualquier crítica que se realice sobre el Estado de Israel y sobre el sionismo, afirmando que quien la formula desea la destrucción de aquello que critica.

Como si toda crítica al Estado de Israel no pudiese plantear lo contrario, un Estado realmente democrático, con derechos iguales para todos: judíos, cristianos y musulmanes. Esto es una lucha que han dado partidos políticos dentro de Israel, como el Jadash, el Ta’al o el Balad. Partidos con críticas, como cualquier otro, pero cuyos fines no son la aniquilación del sionismo y sus militantes, ni la destrucción del Estado de Israel y sus habitantes.

El antisemitismo es real y no es algo que se deba de tomar a la ligera, no se debe de gastar fútilmente el término con argumentos cargados de falacias, porque cuando regrese un antisemitismo verdadero la palabra ya no significará nada.

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