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Sobre ideologías y terremotos

Cartas de los lectores

04 de septiembre de 2026 - 06:00 a. m.

En respuesta a la columna “En defensa de la ideología de género.

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Por fin alguien admite que existe una teoría según la cual el género, como construcción social, es más relevante que el sexo. Lo que la columna sugiere es que sustituir uno por el otro sería una forma de progreso pedagógico: el camino hacia el libre desarrollo de la personalidad y el pensamiento crítico. Esa es una propuesta intelectual, pero no necesariamente quiere decir que sea verdad.

Como es un asunto complejo, aprovechando que el autor es arquitecto y que Colombia acaba de ser golpeada por un terremoto, pensemos en todo esto en términos de la construcción de una casa.

El sexo equivaldría al subsuelo: la base biológica que determina qué se puede construir encima. No es una convención cultural, sino el resultado de la anisogamia, el proceso evolutivo que dio origen a dos tipos de gametos, masculino y femenino. Un estudio de suelos, o ver un bebé al nacer, revela el tipo de “suelo” en la inmensa mayoría de los casos; solo en el 0,018 % el terreno es atípico y exige más rigor: así son las condiciones intersexuales.

El sexo define para qué tipo de gameto está organizado el cuerpo, es un indicador medible, objetivo, e inmutable inscrito en cada una de las células del cuerpo. En cambio, lo que sale a la superficie es una forma de entender el género, atada a lo cultural.

Los estereotipos sexistas pretenden que para un tipo específico de terreno existe una sola forma “correcta” de construir encima. Es importante que dejemos de pensar que los roles de hombres y mujeres están determinados por la naturaleza. La biología no es obligación para ser de una determinada manera, pero negarla no es una forma superior de libertad.

Está también la orientación sexual, es decir, la atracción física y emocional hacia otras personas, sea homosexual o heterosexual, que en nuestro ejemplo sería hacia dónde está orientada la casa en relación al sol. Esto tampoco tiene nada que ver con el subsuelo, es un asunto personal.

En nuestro ejemplo, la identidad de género es la creencia del dueño de que su terreno es de un tipo distinto al que tiene, aunque el estudio diga lo contrario. Y algunos “especialistas” respaldan esa convicción, promoviendo ignorar el subsuelo del cuerpo como si fuera una forma superior de salud.

La ideología de género es la teoría según la cual esa convicción puede sustituir el informe geotécnico y justifica construir según la convicción del dueño, así contradiga la realidad técnica. Alertar sobre los riesgos de este enfoque tiene un riesgo ocupacional: ser tildado de trans-excluyente, este es el blindaje al que la teoría acude para silenciar a sus opositores.

Un arquitecto ya tiene, por definición, libertad para desarrollar su estilo. Lo que la teoría de identidad de género añade no es más libertad: pretender que el subsuelo responde al deseo con solo imaginarlo es, primero, un imposible técnico, y segundo, es irresponsable.

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El autor sostiene que “borrar la línea divisoria entre el sexo y el género es una embestida frontal contra los valores democráticos de igualdad y libertad”, pero promover que la naturaleza se desestime por razones culturales no es fomentar la capacidad crítica que él defiende. Es lo contrario: es confundir dos categorías que deberían distinguirse con más claridad, no con menos.

Pensar críticamente exige distinguir lo objetivo de lo subjetivo. Pero ese examen hoy se elude con argumentos morales, sin revisar la evidencia de los efectos secundarios que acarrean las intervenciones de rechazo de sexo ni el fenómeno de la detransición, como lo documentan La revisión Cass del Reino Unido y el reporte del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos: infertilidad, anorgasmia, daño óseo, riesgo cardiovascular, deterioro de la salud mental, entre otros.

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Con el terremoto del 10 de agosto nos dimos cuenta que la naturaleza no perdona. ¿Estaríamos dispuestos a ignorar la norma sismorresistente? Quienes ignoraron las normas básicas de construcción se llevaron la peor parte, casi siempre los más pobres y vulnerables.

La prudencia, en construcción y en medicina, no es dogma ni ideología. Ignorar el elemental principio de precaución es negligencia.

Javier Rodríguez

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