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Sabemos que la imagen, el show o espectáculo siempre estuvo presente en la política.
Podemos retroceder al siglo XX para darnos cuenta de que, en una sociedad donde el acceso a la información era limitado, estos factores ya tenían influencia.
Y acá no nos podemos equivocar en limitar el espectáculo a solo imágenes bonitas; el espectáculo también se disfraza de polarización, un falso conflicto de ideas en el que ambos lados tienen un mismo interés.
No tenemos que salir de nuestro país para encontrar un ejemplo. En 1953, con el golpe de Rojas Pinilla, nos dan un abrebocas de lo que esto significa; mientras el pueblo, dividido entre liberales y conservadores, se enfrentaba en una guerra civil que dejaría alrededor de 200.000 muertos, los altos mandos de estos partidos acordaron entregar el poder al golpista.
La polarización del pueblo era real y sangrienta, pero el interés de ambos bandos era contener el desborde social y preservar su control sobre el país.
Si queremos un ejemplo más palpable y aterrizado a nuestra época, nos podemos situar en los eventos ocurridos después de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de este mismo año. Dos partidos políticos con una diferencia ideológica muy marcada, y teniendo como máximos líderes a Álvaro Uribe y Gustavo Petro, siendo estos mismos partícipes del enfrentamiento ideológico más marcado de la política reciente de Colombia, se unieron para elegir juntos al nuevo presidente del Senado, derrotando así al candidato apoyado por el presidente electo.
El Pacto Histórico explica su voto no como una unión o afinidad al Centro Democrático, sino como una coalición por un rechazo compartido hacia un tercer actor.
El enfrentamiento que sus simpatizantes consumen como noticia diaria se apagó en el instante en que un interés táctico lo requirió.
Julio Aranda Lamadrid
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