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Al negarse a reconocer el impacto del final del grupo guerrillero más grande del país y ofrecer su apoyo a Iván Duque –un candidato fiel a los intereses del establecimiento político nacional pero impreparado para aprovechar una oportunidad sin precedentes– hace ocho años escogió este establecimiento ignorar que una presidencia desacertada le abriría la oportunidad a la izquierda para lograr lo que jamás hubiera alcanzado por medio del terror y la fuerza de las armas.
Y así, la desacertada presidencia Duque condujo a la primera presidencia de izquierda en la historia de Colombia. Quiero aquí anotar que califiqué como desacertada la presidencia del señor Duque para dejar en claro que entiendo que, para algunos colombianos, esta presidencia fue efectiva y para otros desastrosa. Lo que sí creo acertado afirmar, es que fue desacertada. Porque no dejó ver a los ciudadanos que los (posibles) avances que (quizá) ocurrieron, condujeron a una mejoría en la situación de la mayoría. La prueba está, obviamente, en los resultados de las elecciones que llevaron a la presidencia al líder de una oposición por décadas estigmatizada.
El aumento del costo de la vida, la falta de oportunidades, el deterioro de las instituciones, el estancamiento social y económico de un segmento enorme de la población son manifestaciones visibles de la inefectividad de una presidencia. Que a Duque le tocó la pandemia, que cayó (o que subió) el precio del petróleo, que aumentó el PIB, que disminuyó o aumentó la deuda pública son situaciones que influyen en la decisión de los electores tanto como la temperatura del sol. El voto en las elecciones del 2022 reflejó las primeras consideraciones, no las segundas.
Ahora está para concluir el primer gobierno izquierdista de Colombia sin (discutiblemente) haber cumplido las expectativas y manchado por escándalos inexcusables. Resulta necesario recordar, entonces, que por más de dos siglos nos prometieron, cada cuatro años, “con este presidente sí va a mejorar la situación”. Mejoras que nunca llegaron. Que con Petro se repita una vez más esta historia será igualmente insuficiente para que sus seguidores descalifiquen a su candidato en las elecciones venideras.
Pero triunfante o derrotado en la elección presidencial, es muy probable que el establecimiento político tradicional continúe controlando el congreso colombiano. Ojalá, triunfante o derrotado, reconozca este establecimiento que no es posible ignorar que la sociedad ya logró su primer triunfo y que no está dispuesta a regresar a su pasado de sumisión. Y que si este control se complementa con un presidente desconectado de la realidad, que persiste en aplastar las ilusiones de un pueblo que finalmente ha despertado a su poder, será esta la explicación de por qué desembocamos en un régimen de terror que nos hará añorar la relativa paz de hoy. O, alternativamente, por qué terminamos imitando la tragedia de nuestro vecino país, en donde una masa desorientada y enceguecida por la indignación busque redención en un sátrapa carismático pero ignorante que termine destruyendo el limitado progreso social que hemos logrado en doscientos años de independencia.
Ricardo Gómez Fontana, Guapi, Cauca
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