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Hay palabras que nacen como ideales y mueren como trámites. ‘Democracia’ es una de ellas.
No agoniza de golpe. No hay decreto ni madrugada sangrienta. Agoniza de otra manera, más silenciosa y cruel: de la distancia entre lo que prometió y lo que entregó.
En junio de 2026, más de 26 millones de colombianos fueron a las urnas. La cifra más alta en años. Un país que sale a votar, que hace fila, que cree, o quiere creer, que algo depende de su papeleta. El dato impresiona hasta que aparece el otro: según el Barómetro de las Américas, solo entre uno y dos de cada diez colombianos confían en el Congreso. La institución que encarna la voluntad popular no le merece credibilidad ni siquiera al 20 % de la población que dice representar.
Ahí está la herida. No en la abstención sino en su contrario: en la gente que va a votar sabiendo que el sistema casi no le merece confianza. Eso no es fe democrática. Es algo más triste y más honesto: es inercia cívica. Participamos porque la alternativa, el no participar, se siente peor. Votamos no porque creamos sino porque todavía no hemos terminado de descreer.
Ese es el momento exacto en que un ideal se convierte en rutina vacía.
La promesa democrática era otra. Era la de instituciones que funcionaran como garantía, no como botín. La de un Congreso que legislara en función del país, no de las mayorías que se construyen por mecanismos que todos conocemos y nadie quiere decir en voz alta. La de una competencia política donde la cancha fuera pareja.
El ideal chocó con la realidad y salió perdiendo. Eso tiene nombre: desengaño. No el desengaño estrepitoso de quien descubre una mentira sino el silencioso de quien lleva tanto tiempo sospechándola que ya casi la ha normalizado. Colombia no es un país indignado. Es un país acostumbrado, que es peor.
Aquí está la pregunta que esta columna no puede responder, pero tampoco puede eludir: ¿la democracia colombiana es una promesa pendiente de cumplimiento o una promesa incumplida de plano?
La diferencia no es menor. Una promesa pendiente supone que el ideal sigue en pie, que las instituciones pueden corregirse, que el voto todavía puede ser algo más que un ritual. Una promesa incumplida de plano es otra cosa: es la admisión de que el modelo llegó roto, que nunca tuvimos las condiciones para que funcionara y que lo que hemos llamado democracia durante décadas fue siempre una apariencia más cómoda que la verdad.
Más de 26 millones de colombianos votaron en junio. La pregunta es si votaron por una promesa que aún puede cumplirse, o si simplemente fueron a renovar una ilusión que ya saben falsa.
Esa incomodidad no tiene color político. Tiene la forma de un país que todavía no sabe si está esperando o despidiéndose.
Diego Navarro
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